Archivos Mensuales: abril 2006

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I

En 1996 cuando sólo tenía 18 años, abrigué la romántica idea de exiliarme en Francia, después de que se certificara la victoria del Partido Popular en las urnas.
En el año 2000 retomé la idea, con la nueva victoria del Partido Popular, y hasta pude realizar alguna que otra pesquisa, comprobando la viabilidad de vivir y trabajar en el país vecino.

No es que Francia me parezca un ejemplo a seguir, en lo que a los últimos años se refiere: ni política, ni culturamente, ni de niguna otra forma.
Tampoco es que sienta ningún tipo de devoción por lo francés, ya que, como buen español, siempre he aplicado la máxima de: “al francés y al gorrión, perdigón”.
Y sin embargo, Francia tiene algo que no tiene España. Que quizá tuvimos, quizá luchamos años por tenerlo, pero que hemos dejado perderse insensible e inconscientemente: la lucha cotidiana de la sociedad en la calle, el movimiento popular.

Mientras que dos meses y medio de movilización de la juventud francesa han conseguido acabar con el “contrato de primer empleo” -y de paso con las aspiraciones presidenciales de Villepin-, en España lo único que ha hecho salir a la juventud a la calle, han sido diversas propuestas de macrobotellón para protestar por el precio del alcohol -si no fuera real, sería incluso demasiado burdo como metáfora de la profunda alienación en la que estamos sumergidos-.
Aunque, siendo justos, ningún español puede quejarse hoy en día por la más mínima medida social negativa: hemos dejado que nos coman tanto terreno en el pasado, que hay poquísimo margen para seguir empeorando nuestra situación laboral.

Si se mira detenidamente desde la óptica de un trabajado español, el “contrato de primer empleo” es incluso una ingenuidad: la concepción de un resorte legal mediante el cual puedan despedirte sin ninguna explicación, dentro de un contrato laboral de dos años…
Si Villepin hubiera sido más astuto, o hubiera tenido algo de memoria, se habría dado cuenta de que la solución la dio en encontrar la CEOE española hace años. No es otra que la temporalidad laboral.
Qué sentido tiene gastar energías y pagar el precio del desgaste político, poniéndo un mero parche en un contexto laboral definido y concreto, cuando se puede obliterar ese marco laboral sin mayor dificultad; cuando se puede desnaturalizar ese mismo contexto, como nos pasó aquí, sin aparente dificultad.

¿Quién necesita un “contrato de primer empleo”, si se precariza y temporaliza de tal manera el empleo, que en la práctica, el despido es libre?

Como ya digo, Villepin pecó de candidez.