Truenos y relámpagos.

Sevilla tiene un color especial… o eso dice al menos la canción –por llamarlo de alguna manera, remitiéndonos a la tradición platónica. Que bien podríamos llamarlo putamierda, pero bueno, dejémonos de perversiones que la semiótica no es la más satisfactoria (dónde se ponga una buena coprofilia…)-. 
A decir verdad, Sevilla no tiene un color más especial que cualquier otra ciudad andaluza, fueraparte de esa luz plomiza y casi obtusa del verano –común a toda la región, por otra parte-.

Madrid sí tiene algo especial. Algo realmente especial. 
Y no, tranquilos, no me voy a limitar a una mera proposición retórica, mientras os dejo imaginándome escudriñando el universo con el ceño fruncido, así como el que escruta como si su vida dependiera de ello.

Un breve momento de tensión dramática más…

¿Quién coño no se ha levantado alguna vez en plena noche, agitado, tiritando empapado en sudores fríos, preso de esos temores oníricos que subsiguen irremediablemente a cualquier mal sueño interrumpido, y de pronto le han entrado unas ganas insoslayables de ver Benny Hill? ¿A quién le ha pasado no una, si no cienes y cienes de veces?

En Madrid puedes calzarte las pantuflas y el albornoz –depende de la prisa temeraria que te obligue a adoptar el ardor noctívago- y bajar al Opencor a comprar un DvD del fenecido humorista inglés: 365 días al año, hasta la dos de la noche…

Y luego habrá algún progre trasnochado, o perroflautas diversos, que digan que el capitalismo es malo.

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