Archivos Mensuales: octubre 2007

Perlas.

En las páginas de El Viejo Topo, en sus libros y en su revista, tiene cabida todo aquello que inquiete, que inquiera, que incite a la reflexión y, como consecuencia, a la acción, en un mundo que no destaca precisamente por su sentido de la justicia, de la igualdad, de la solidaridad o de la defensa de las libertades. De este modo, El Viejo Topo quiere contribuir a renovar, desde una perspectiva crítica, un panorama que comprende lo económico, lo social, la cultura y la contracultura, la ciencia, el poder y su negación, la política y el pensamiento, dirigiéndose a quienes no se conforman con lo que las cosas parecen, y quieren saber lo que las cosas son.

Así se autodefine la editorial El Viejo Topo.
Entre un catálogo editorial en mi opinión harto interesante, encontramos dos libros titulados Perlas, escritos por Pascual Serrano, cuyo primer volumen me fue muy amablemente prestado recientemente.
Antes del préstamo no conocía de nada al autor, por lo que mi actitud hacia el libro –y el autor- fue esa mezcla de pretendida objetividad inquisitiva, con la más insoslayable desconfianza del escéptico pertinaz.

Pascual Serrano glosa toda una serie de noticias aparecidas en los más importantes medios de comunicación –nacionales e internacionales-, cuya simple mención chirría por lo disparatado, inexacto –cuando no abiertamente falso-, manipulado, capcioso, torticero, etc, etc; a veces resultan achacables a la impericia e idiotez del periodista, otras veces a un espurio interés oculto de la corporación o el capital que sostiene al medio, o sus clientelismos.

Al contrario de lo que se pueda creer, por la línea de la editorial y la ideología del escritor, no se ceba en medios conservadores –a los que reconoce, no obstante, como una fuente inagotable de perlas-; suele hacer mayor escarnio de El País, y de una televisión pública dependiente de los socialistas y sus socios parlamentarios.
Sin embargo, a veces queda enredado Serrano en su propia retórica, recayendo en un dogmatismo subjetivo muy alejado del brillante espíritu crítico del conjunto del libro.

En definitiva un libro ameno –se lee en otro ratito, como el de Lakoff-, que nos destapa las barbaridades que comete la prensa diariamente.

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Leyendo el periódico II.

El viernes, debido a un día que intuía de lo más ocioso e improductivo –y que finalmente no fue así, ¡oh, cruel destino! Mi último día en la empresa y me hacen currar: hijos de puta-, volví a caer en la tentación y leí otro periódico. Como no había tenido ocasión de leer en profundidad Público, fue el elegido.

El periódico dirigido por Nacho Escolar traía en portada la ralentización del mercado inmobiliario, ejemplificada en los 15 meses de media que se tarda actualmente en vender un piso. La noticia, además de la portada, ocupaba las páginas 2 y 3.
Entre los diversos artículos había una columna de opinión, deFernando Saiz, en la que afeaba la conducta –muy educadamente- de quien, como yo, se ha alegrado alguna vez de un futurible cataclismo inmobiliario.

Saiz argumenta que alegrarse de este posible es, como mínimo, poco juicioso, ya que una crisis del sector vendría aparejada a una crisis económica sin parangón. También arguye –no sé si él mismo, o en el resto de artículos de Público– que el mercado está parado artificialmente: gente en disposición de hipotecarse habría dejado de hacerlo sin mayor razón aparente, que esperar a una bajada generalizada de los precios de la vivienda. Si el mercado no se reactivara pronto, las consecuencias podrían ser funestas ya a corto plazo: para el poder adquisitivo, el consumo, el empleo, etc, etc.

Ante esto, uno se siente como un mocoso al que una profesora riñe severamente.
Pero posteriormente piensa que si para mantener nuestra precaria situación laboral, y precario nivel de vida, nuestra mierda de poder adquisitivo, tenemos que sostener los absurdos márgenes de beneficios de las grandes empresas –en especial las constructoras-, la corrupción y la especulación… al precio de toda nuestra vida hipotecada…

No es ni mucho menos inconsciencia; me alegro, sí, y por mí que este puto país se precipite hacia el abismo, envuelto en llamas. Quizá cuando estemos comiéndonos las piedras y los ricos sigan siendo ricos, consigamos reunir los arrestos necesarios para poner las cosas en su sitio.
Por cierto, ese día, en otro de los artículos se podía leer que 10 familias y 18 millonarios, controlan el 20% del Ibex. España se va acercando a índices de República Bananera setentera, ¡albricias!

No vais a tener una casa en la puta vida.
Y si la tenéis, va a ser peor…

Leyendo el periódico.

El jueves, quizá porque andaba distraído con motivo de un abrupto cambio de trabajo, leí de manera casual, casi excusaría queinvoluntaria, el periódico gratuito Qué!
No acuso ningún malentendido esnobismo que me impida leer prensa gratuita, habiendo lugares –momentos- tan propicios para ello como puedan ser los viajes en Metro; pero llevando encima un libro deChesterton y otro de Aldous Huxley, parece lo único sensato, no malbaratar el exiguo tiempo del viaje con cualquier periódico.

A pesar de todo, acabé leyendo el Qué! -bien que fue después de que una azafata de Air France me pusiera cara de perro, cuando me vio merodeando un Le Monde Diplomatique-. Nada noticiable, un montón de palabras impresas perfectamente olvidables –¿insensibilizando frente a la realidad?-, sin embargo, había algo que me llamó poderosamente la atención: el Qué! traía un suplemento inmobiliario; sospechoso.

El artículo central del suplemento, en pocas palabras, alentaba a la gente a retomar esa nueva costumbre, tan hispánica, de hipotecar su vida sin remedio. Porque, al contrario de lo que el vulgo lupanariopueda pensar, venía a decir el diario, los pisos no van a bajar más y no habrá mejor momento que éste para venderle tu alma a un banquero. Como siempre que algo me sorprende, o me impele con urgencia, me tantee la camisa buscando algo –que en estos casos nunca encuentro-.

desazonado espiritualmente, tuve que concluir que a pesar del ímpetu que me había infundido el desinteresado aviso del diario, no tenía donde caerme muerto; acabaría limpiando zapatos en algún oscuro y umbrío suburbio londinense… un suspiro de alivio abortó estos pensamientos, antecedido de un eco resonante en mi cabeza que dijo:eso sólo nos pasaría si fuéramos un huérfano de Dickens… en cualquier caso, en nuestra situación actual no podríamos, ciertamente, afrontar una hipoteca.

Otoño.

El cielo radiante del estío, declinante, se ensombrece y emborrona; la aparición sibilina de la lluvia y el frío otoñal parecen completar, y fundamentar de manera incontrovertible, el horizonte desalentador.

A pesar de todo, esta época del año, tácitamente consustanciada con la tristeza, siempre me ha resultado fascinante… y alegre. 
Quizá podría decirse que la escarpada orografía granadina es muy sensible a la exuberancia ocre y marchita del otoño. O qué, por contraste, supone un socorrido alivio para uno de esos veranos andaluces, insufriblemente calurosos.

En la infancia, recuerdo innumerables tardes entretenidas jugando al fútbol bajo una lluvia antojadiza. O regresando a casa calado hasta los huesos para, una vez desembarazado de la ropa mojada, asomarme a la ventana y mirar hipnotizado como la lluvia caía sobre el campo; o el ir y venir de gente bajo paraguas. 
Pasarse aquellas tardes haciendo deberes, comiendo pan con nocilla, peleándome con mis hermanos por ver quién y a qué se jugaba en el Spectrum, etc, etc, al abrigo de esos inhóspitos anocheceres otoñales, era de alguna extraña manera tranquilizador.

Años después, recuerdo tardes ilícitas, emboscadas en dormitorios femeninos entre cojines y edredones, donde la lluvia golpeando contra la ventana acompasaba unos torpes primeros besos, y unos aún más torpes –y polémicos– primeros escarceos sexuales.

Actualmente sólo podría soportar exponerme a una lluvia liviana; pero filosóficamente sigo de pie junto al niño que se deja empapar, inconformista, bosquejando un pensamiento que es incapaz de entender, pero que esgrime subconsciente e inequívocamente frente a la muchedumbre hacinada debajo de los soportales; el soportal, como otros parapetos físicos –morales, o intelectuales-, son el refugio de los acomodaticios.

No es una cuestión de melancolía infantil, porque tan niño fui en ésta como en las demás estaciones. Y aunque mi postura para con el otoño vaya degenerando en contemplativa, me sigue resultando delicioso acurrucarme con alguna preciosidad en el sofá –con cualquier estupidez televisiva de fondo-; o leer tranquilamente un libro mientras fuera, tormentosa y agitada, discurre una tarde de otoño.

No pienses en un elefante.

El libro, que en su versión original tiene una portada de lo más anodina, en España ha sido publicado con una bastante ingeniosa:
Dos manos abiertas destacan sobre un fondo totalmente negro, como las de un prestidigitador que se presentara ante un público expectante, antes de acometer algún abstruso truco de magia.

Y es que hay algo sino mágico, sí extrañamente certero en las elucubraciones meramente semióticas del lingüista norteamericano. Como el juego que propone el título, “No pienses en un elefante”: parece evidente, como asevera Lakoff, que la sola mención de la palabra elefante evoca automática y mentalmente el concepto y la propia imagen del paquidermo.

Sobre la base de tan asombroso –y quizá obvio- descubrimiento, se estudia y desarrolla como el lenguaje político es asimilado por la gente –estadounidenses, aunque no es difícil extrapolarlo a otros contextos-, como reaccionan a sus estímulos, a veces de manera subconsciente.
Lakoff centra toda su atención en como los conservadores usan el lenguaje –la comunicación- para propagar su moral, las más de las veces de manera perversa y falaz. En definitiva, describe el proceso de transformación –degeneración- del lenguaje, un medio de comunicación, en un efectivísimo medio de manipulación y alienación; y asimismo en la perfecta arma que blandir contra la oposición, en una cruenta guerra cultural encubierta.

Aunque es un texto que se orienta claramente hacia un espectro político determinado, y que acaso pretenda erigirse en manual de estilo de esa corriente, no dejan de extraerse conclusiones interesantes sobre la política y el estilo de vida yanqui.