Otoño.

El cielo radiante del estío, declinante, se ensombrece y emborrona; la aparición sibilina de la lluvia y el frío otoñal parecen completar, y fundamentar de manera incontrovertible, el horizonte desalentador.

A pesar de todo, esta época del año, tácitamente consustanciada con la tristeza, siempre me ha resultado fascinante… y alegre. 
Quizá podría decirse que la escarpada orografía granadina es muy sensible a la exuberancia ocre y marchita del otoño. O qué, por contraste, supone un socorrido alivio para uno de esos veranos andaluces, insufriblemente calurosos.

En la infancia, recuerdo innumerables tardes entretenidas jugando al fútbol bajo una lluvia antojadiza. O regresando a casa calado hasta los huesos para, una vez desembarazado de la ropa mojada, asomarme a la ventana y mirar hipnotizado como la lluvia caía sobre el campo; o el ir y venir de gente bajo paraguas. 
Pasarse aquellas tardes haciendo deberes, comiendo pan con nocilla, peleándome con mis hermanos por ver quién y a qué se jugaba en el Spectrum, etc, etc, al abrigo de esos inhóspitos anocheceres otoñales, era de alguna extraña manera tranquilizador.

Años después, recuerdo tardes ilícitas, emboscadas en dormitorios femeninos entre cojines y edredones, donde la lluvia golpeando contra la ventana acompasaba unos torpes primeros besos, y unos aún más torpes –y polémicos– primeros escarceos sexuales.

Actualmente sólo podría soportar exponerme a una lluvia liviana; pero filosóficamente sigo de pie junto al niño que se deja empapar, inconformista, bosquejando un pensamiento que es incapaz de entender, pero que esgrime subconsciente e inequívocamente frente a la muchedumbre hacinada debajo de los soportales; el soportal, como otros parapetos físicos –morales, o intelectuales-, son el refugio de los acomodaticios.

No es una cuestión de melancolía infantil, porque tan niño fui en ésta como en las demás estaciones. Y aunque mi postura para con el otoño vaya degenerando en contemplativa, me sigue resultando delicioso acurrucarme con alguna preciosidad en el sofá –con cualquier estupidez televisiva de fondo-; o leer tranquilamente un libro mientras fuera, tormentosa y agitada, discurre una tarde de otoño.

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