Archivos Mensuales: enero 2008

Divergente.

Benigno corría calle abajo al límite de sus capacidades físicas, aunque dichas capacidades no iban mucho más allá de un trote patizambo sólo ligeramente veloz. Con cada aspiración abría ostentosamente las aletas de su rotunda nariz, paliando así el déficit de oxigenación en su riego sanguíneo.
Para Benigno aquello no habría sido más que una excusa fisiológica. Respiraba fuertemente para inundarse con el olor del momento, tratando de captar todos los matices y que alguno de ellos activara un resorte cerebral subconsciente, que le permitiera columbrar el sentido trascendental, o intuir la agitación cósmica, que a buen seguro acababa de provocar.

La gente a su alrededor reaccionaba entre atónita y horrorizada. Claro que presenciar la huída de un tipo desnudo empapado en sangre –y salpicado de algo viscoso- empuñando un cuchillo de grandes dimensiones, parece motivo suficiente al menos para la estupefacción.

-“¡El Bueno de Benigno Buendía! ¡Alma cándida! Pues parece que Benigno está muy bien dispuesto para la protervidad.”- Decía a gritos, hablando para sí, mientras corría.
Llegó a creer que el nombre había constreñido su desarrollo vital; ubicaba el punto de inflexión en el colegio, cuando en una representación navideña del nacimiento de Jesús quiso ser Herodes, a lo que la profesora replicó “con lo bueno y dulce que eres tú… nada, no se hable más, serás San José. Peribáñez será Herodes, que es hijo de comunista y va camino de terminar tan mal como su padre.”
Posteriormente no pudo eludir la sempiterna presunción de bondad emanada de semejante nombre. Recordó brevemente cuando intentó enrolarse en un grupo terrorista: el militante que captaba nuevos pistoleros le despachó arguyendo que no podía proponer a la cúpula un candidato llamado así, se jugaba el prestigio como proselitista y quizás incluso la vida.

Así que este día, como podría haber sido cualquier otro, Benigno amaneció completamente enloquecido, dispuesto a demostrar al mundo la equivocada concepción que tenía de él.
Salió de la ducha sin pararse a secarse o vestirse, cogió el cuchillo más grande y afilado de entre los que tenía en la cocina y enfiló la calle para acabar con el primer fulano que se le cruzara. El inicuo azar quiso que el primer fulano con el que se cruzó fuera un hombre que llevaba de la mano a unos trillizos, a dos de los cuales tapó los ojos ante la inopinada desnudez con la que se toparon, mientras ordenaba al otro que cerrara los ojos. Recorría el rostro del hombre un discreto mohín pudoroso, porque vio el pene flácido de Benigno antes que el cuchillo que blandía.
Fue incapaz de atacar a aquel padre de familia, cuyo recato le resultó un severo e indiscutible reproche.

Contempló como se alejaban con expresión bobalicona; unas gruesas lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas, finalmente tenía que aceptar que hacía honor a su nombre. Maldecía su pusilanimidad e impotencia cuando alguien rollizo y acalorado se apresuraba hacia él, enrojeciendo y acalorándose más por momentos.

-“¡Usted, botarate! ¿¡Pero es que este maldito país ha perdido cualquier asomo de decencia?! ¡Ácrata, nudista, le hablo a usted!”- Espetó a Benigno el sujeto bermejo- “¡No sabe quién soy yo…”-.

Intentó decir después, pero una primera puñalada ahogó su indignación.
Podría decirse que Benigno encontró su propósito casualmente. Quiso obliterar dicha accidentabilidad ensañándose irracionalmente con la víctima.
Tras unas primeras puñaladas que juzgó vulgares, evisceró al pobre desgraciado con una maniobra pretenciosa y falta de espontaneidad. Sopesó la posibilidad de decapitarlo o mutilarlo, pero tras un primer intento le pareció demasiado trabajoso.
También se planteó remedar canibalismo, llegando a masticar alguna víscera; pero recapacitó rápidamente dado el asco que le produjo, y lo primario e iletrado que lo consideró tras un primer análisis.

En ese debate interno estaba cuando los gritos de la gente alertaron a la policía, que se precipitó tras Benigno. 

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Vaguedades.

Según parece se viene celebrando en Madrid el IV Congreso Internacional de Víctimas de Terrorismo; perdonen mi vaguedad, no pretendo ser irrespetuoso, ni dar pábulo alguno a inferencias sobre la trascendencia o la importancia de dicho congreso.

Sucede que hasta el momento lo único que había medio leído, o escuchado accidentalmente, era la típica invectiva de la AVT -haciendo campaña para el PP-, erigiéndose en autoridades morales nacionales infalibles y exigiendo nuestra filiación a sula, causa, so pena de convertirnos en malnacidos, sectarios, ácratas, criminales, o qué se yo. 
Su único argumento es el dolor, la muerte, la sangre de sus víctimas –que exprimen e instrumentalizan hasta la última gota-. Asépticamente hay que admitir que es un buen argumento, pero hay que tener mucho estómago y muy pocos escrúpulos para utilizarlo por un mero interés político.

También supe del nuevo episodio de la estulta tragicomedia en la que se ha convertido la vida de José María Aznar: un pobre infeliz al que lo único que le queda en este mundo son su ignominia y su locura –y los más de 3 millones al año que le pagan Ruppert Murdoch y un fondo de capital de riesgo con sede en las fiscalmente muy transparentes Islas Caimán; 8 años de Líder Mundial y Presidente del Imperio tenían que servir para algo-.

Ante este panorama, comprenderán que no le hubiera dado mucha importancia al sarao en cuestión. Pero hoy, gracias a El País, he leído esto:

Víctima de Terrorismo

Huelga cualquier otro comentario, avergüenza la comparación con la AVT; sonroja la sola posibilidad de la comparación.

La noticia la leí en un País impreso, buscando el enlace he leído esta otra:

Risión

Manolo Pizarro.

Manolo Pizarro, perteneciente a esa curiosa raza de funcionarios devenidos en multimillonarios, constituye el último vestigio delmilagro económico del gobierno popular de Aznar, basado en la descapitalización del estado, la especulación, etc, etc.

Aunque empezó a medrar con UCD, seguramente persuadido de que como abogado del estado no podría colmar sus aspiraciones –sobre todo las económicas-, fue la dadivosa y proverbial mano de Aznar la que apartó a nuestro Manolo de una sucesión de oscuros cargos burocráticos, para auparlo hasta la primera línea del Pelotazo Nacional, sólo unos pasos por detrás de Juan Villalonga.

Pizarro, a quién nadie en este país sería capaz de poner cara, o conocería siquiera de oídas, si no fuera por la absurda y misteriosa labor de esbirro leal que desempeñó durante las OPAS de Gas Natural y Eon sobre Endesa –en cuyo transcurso se embolsó más de dos millones de euros en plusvalías-.
Misteriosa, porque es difícilmente entendible la ardorosa defensa que mantuvo de la opción alemana, con grandes e inefables momentos, como cuando nos hizo partícipes de su humilde opinión, al aclarar que prefería que fuera una empresa alemana y no catalana, la que comprara Endesa. 
Difícil de comprender, incluso enunciando la militancia popular de facto del interfecto como una variable de la ecuación; pero supongo que sería de malpensados ver intereses extraños o espurios, detrás de la genuina actitud del exdirigente de Endesa.

El tema de las OPAS sobre Endesa daría para hablar largo y tendido; a poco que se conozca superficialmente la situación eléctrica de nuestro país, resultan inescrutables las razones comerciales que se puedan argüir para invertir en el sector. Un sector carcomido por la obsolescencia, endémicamente deficitario en infraestructuras y medios… ¿cómo puede ganar dinero una empresa privada en este sector, si es que puede hacerlo?
Pues poder puede, y el camino es muy sencillo: precarizando el servicio –aún más-, y precarizando la situación laboral de sus trabajadores. A medio-largo plazo, el resultado serían más crisis energéticas como la que afectó hace unos meses a Barcelona.

Pero volvamos con Pizarro, y con el hecho de que su ascenso venga consustanciado con la circense defenestración de Alberto Ruiz Gallardón -aunque no sólo el alcalde de Madrid puede sentirse damnificado, Eduardo Zaplana, el mago de la coctelería, se verá desplazado como poco al ingrato número tres de la lista popular por la capital del imperio-. 
Esta nueva vuelta de tuerca hacia la ultraderecha y el neoliberalismo más salvaje, aunque pueda ser acusada por Rajoy en las elecciones, le ha granjeado de entrada encendidos ditirambos de quién hasta ahora, como Federico Jiménez Losantos, sólo le llamaba maricón –algo es algo-.

Y Rato qué andará haciendo ¿nadar y guardar la ropa? ¿O se habrá pasado con algún órdago?

Charlando.

Tengo este post medio esbozado –medio escrito-, desde hace meses. De hecho, lo escribí siguiendo el prolijo ritmo que me marqué en octubre; ritmo que se truncó cuando entré a trabajar en ciertasociedad de libérrimos ciudadanos vascos, que ha reducido significativamente mi tiempo libre.

En principio, el post iba a tratar sobre otro tema, pero según se iba escribiendo, otro diferente terminó eclipsando mi intención original:

Uno se esfuerza por ser tan antisocial como impone el signo de nuestros tiempos, así como la paranoica y egomaníaca sociedad en la que vivimos –esmerándome incluso, por ejemplo cuando viajo en Metro: siempre que me cruzo con alguna mirada cálida o alegre trato de fulminarla con una mueca torva, indignado y sorprendido ante un gesto que no emane hostilidad-.

A pesar de todo, en determinados contextos, como el trabajo, a fuerza de tener que compartir 9 ó 10 horas con la misma gente, el tedio –quizá el roce- termina erosionando la más férrea de las convicciones; en nuestro caso, acabamos por socializar con otra gente.

La naturaleza del trabajo, y la propia gente, condicionarán el tema de conversación. Aunque, sin lugar a dudas, en mayor o menor medida os han preguntado –o habéis preguntado-: “¿y a ti qué música te gusta?”. 
El tema parece trivial, y precisamente su aparente insustancialidad es lo que podría convertirlo en idóneo. Es una suposición obviamente errónea. La idoneidad de la música como tema de conversación casi universal se sustenta en un instinto primario, en un atavismo animal.

Como muchas conversaciones entre hombres –sino todas, en uno u otro orden semántico-, la música favorece la vertebración de dicha conversación desde el más abierto y lupanario desprecio por la opinión ajena. No se puede negar, tarde o temprano –y a veces repetidamente-, se termina acudiendo a aquello de: “no tienes ni puta idea de música”.

También entre hombres, el mejor ejemplo de esto que digo, lo más parecido a un duelo de cabezazos al estilo baturro, es el fútbol. 
Aunque el fútbol ya linda peligrosamente con temas metafísicos trascendentales, cuyas controversias pueden hacer tambalear los universos de conocimientos, tangenciales e inalienables de cada cuál; derivando de manera indefectible en violencia espontánea, resultante de la zozobra ontológica sembrada en el individuo.