Charlando.

Tengo este post medio esbozado –medio escrito-, desde hace meses. De hecho, lo escribí siguiendo el prolijo ritmo que me marqué en octubre; ritmo que se truncó cuando entré a trabajar en ciertasociedad de libérrimos ciudadanos vascos, que ha reducido significativamente mi tiempo libre.

En principio, el post iba a tratar sobre otro tema, pero según se iba escribiendo, otro diferente terminó eclipsando mi intención original:

Uno se esfuerza por ser tan antisocial como impone el signo de nuestros tiempos, así como la paranoica y egomaníaca sociedad en la que vivimos –esmerándome incluso, por ejemplo cuando viajo en Metro: siempre que me cruzo con alguna mirada cálida o alegre trato de fulminarla con una mueca torva, indignado y sorprendido ante un gesto que no emane hostilidad-.

A pesar de todo, en determinados contextos, como el trabajo, a fuerza de tener que compartir 9 ó 10 horas con la misma gente, el tedio –quizá el roce- termina erosionando la más férrea de las convicciones; en nuestro caso, acabamos por socializar con otra gente.

La naturaleza del trabajo, y la propia gente, condicionarán el tema de conversación. Aunque, sin lugar a dudas, en mayor o menor medida os han preguntado –o habéis preguntado-: “¿y a ti qué música te gusta?”. 
El tema parece trivial, y precisamente su aparente insustancialidad es lo que podría convertirlo en idóneo. Es una suposición obviamente errónea. La idoneidad de la música como tema de conversación casi universal se sustenta en un instinto primario, en un atavismo animal.

Como muchas conversaciones entre hombres –sino todas, en uno u otro orden semántico-, la música favorece la vertebración de dicha conversación desde el más abierto y lupanario desprecio por la opinión ajena. No se puede negar, tarde o temprano –y a veces repetidamente-, se termina acudiendo a aquello de: “no tienes ni puta idea de música”.

También entre hombres, el mejor ejemplo de esto que digo, lo más parecido a un duelo de cabezazos al estilo baturro, es el fútbol. 
Aunque el fútbol ya linda peligrosamente con temas metafísicos trascendentales, cuyas controversias pueden hacer tambalear los universos de conocimientos, tangenciales e inalienables de cada cuál; derivando de manera indefectible en violencia espontánea, resultante de la zozobra ontológica sembrada en el individuo.

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