Divergente.

Benigno corría calle abajo al límite de sus capacidades físicas, aunque dichas capacidades no iban mucho más allá de un trote patizambo sólo ligeramente veloz. Con cada aspiración abría ostentosamente las aletas de su rotunda nariz, paliando así el déficit de oxigenación en su riego sanguíneo.
Para Benigno aquello no habría sido más que una excusa fisiológica. Respiraba fuertemente para inundarse con el olor del momento, tratando de captar todos los matices y que alguno de ellos activara un resorte cerebral subconsciente, que le permitiera columbrar el sentido trascendental, o intuir la agitación cósmica, que a buen seguro acababa de provocar.

La gente a su alrededor reaccionaba entre atónita y horrorizada. Claro que presenciar la huída de un tipo desnudo empapado en sangre –y salpicado de algo viscoso- empuñando un cuchillo de grandes dimensiones, parece motivo suficiente al menos para la estupefacción.

-“¡El Bueno de Benigno Buendía! ¡Alma cándida! Pues parece que Benigno está muy bien dispuesto para la protervidad.”- Decía a gritos, hablando para sí, mientras corría.
Llegó a creer que el nombre había constreñido su desarrollo vital; ubicaba el punto de inflexión en el colegio, cuando en una representación navideña del nacimiento de Jesús quiso ser Herodes, a lo que la profesora replicó “con lo bueno y dulce que eres tú… nada, no se hable más, serás San José. Peribáñez será Herodes, que es hijo de comunista y va camino de terminar tan mal como su padre.”
Posteriormente no pudo eludir la sempiterna presunción de bondad emanada de semejante nombre. Recordó brevemente cuando intentó enrolarse en un grupo terrorista: el militante que captaba nuevos pistoleros le despachó arguyendo que no podía proponer a la cúpula un candidato llamado así, se jugaba el prestigio como proselitista y quizás incluso la vida.

Así que este día, como podría haber sido cualquier otro, Benigno amaneció completamente enloquecido, dispuesto a demostrar al mundo la equivocada concepción que tenía de él.
Salió de la ducha sin pararse a secarse o vestirse, cogió el cuchillo más grande y afilado de entre los que tenía en la cocina y enfiló la calle para acabar con el primer fulano que se le cruzara. El inicuo azar quiso que el primer fulano con el que se cruzó fuera un hombre que llevaba de la mano a unos trillizos, a dos de los cuales tapó los ojos ante la inopinada desnudez con la que se toparon, mientras ordenaba al otro que cerrara los ojos. Recorría el rostro del hombre un discreto mohín pudoroso, porque vio el pene flácido de Benigno antes que el cuchillo que blandía.
Fue incapaz de atacar a aquel padre de familia, cuyo recato le resultó un severo e indiscutible reproche.

Contempló como se alejaban con expresión bobalicona; unas gruesas lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas, finalmente tenía que aceptar que hacía honor a su nombre. Maldecía su pusilanimidad e impotencia cuando alguien rollizo y acalorado se apresuraba hacia él, enrojeciendo y acalorándose más por momentos.

-“¡Usted, botarate! ¿¡Pero es que este maldito país ha perdido cualquier asomo de decencia?! ¡Ácrata, nudista, le hablo a usted!”- Espetó a Benigno el sujeto bermejo- “¡No sabe quién soy yo…”-.

Intentó decir después, pero una primera puñalada ahogó su indignación.
Podría decirse que Benigno encontró su propósito casualmente. Quiso obliterar dicha accidentabilidad ensañándose irracionalmente con la víctima.
Tras unas primeras puñaladas que juzgó vulgares, evisceró al pobre desgraciado con una maniobra pretenciosa y falta de espontaneidad. Sopesó la posibilidad de decapitarlo o mutilarlo, pero tras un primer intento le pareció demasiado trabajoso.
También se planteó remedar canibalismo, llegando a masticar alguna víscera; pero recapacitó rápidamente dado el asco que le produjo, y lo primario e iletrado que lo consideró tras un primer análisis.

En ese debate interno estaba cuando los gritos de la gente alertaron a la policía, que se precipitó tras Benigno. 

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