Archivos Mensuales: abril 2009

La Lideresa.

A la ofensiva neoliberal que vivimos últimamente, con motivo de la crisis económica que ellos mismos provocaron, se unió esta semana pasada la lideresa de Madrid, Esperanza Aguirre.
Si hasta ahora habían sido prolijos los bandazos del escudero MAFO, entró a degüello Aguirre, presumiendo la fruta madura; su objetivo, el abyecto mercado laboral al que, en un arranque de irracionalidad, tildó de franquista.

Y digo irracionalidad, porque si bien nadie le va a discutir al PP su autoridad para gestionar la herencia de la dictadura de Franco, el espectador avezado sabrá positivamente que para el PP el mercado laboral -y por ende el trabajador- es más malo que el SIDA, pero en cambio, la dictadura franquista fue un periodo de extraordinaria placidez, en palabras de Jaime Mayor Oreja, número uno de la candidatura popular a las elecciones europeas.
Por lo tanto, desorienta que la lideresa queriendo denostar un mercado laboral, refugio de vagos y maleantes, termine ensalzándolo, achacándole la bondad inmarcesible e inabarcable que denota el adjetivo franquista.

Pero si adjetivando no hilo fino nuestra querida lideresa, donde demostró una maestría sin parangón fue en los circunloquios y la vanilocuencia con que pergeño su discurso.
Y es que, nuestra brava Aguirre facilitaría la libertad de contratación, cuestión nada baladí. Sobre el gobierno de Zapatero, pesará por siempre la villanía de auspiciar protervas bandas de trabajadores descontrolados, que subyugan mediante coacción y tortura al desprevenido empresario; aviniéndose el pobre desgraciado a firmarles contratos inopinados, algunos incluso indefinidos, con remuneraciones salvajemente altas, rayanas en los mil euros. 
Mientras permitamos que esto siga ocurriendo jamás entraremos en el siglo XXI, quedando varados para siempre en el tercermundismo bananero en el que nos ha desterrado ZP.

Aguirre también fomentaría la contratación indefinida, amén de con ladespenalización del despido -valiente perversión gramatical-, a través de una bajada selectiva de las cotizaciones sociales.
Lástima que el denodado esfuerzo intelectual de la lideresa por resultar borrosa e imprecisa, sea truncado por David Taguas, presidente de SEOPAN -patronal de la construcción-. Advierte Taguas, que el agujero en las arcas del Estado que generaría la bajada de las cotizaciones sociales a los empresarios, tendría que ser compensado con la creación de un IVA social, o el incremento de impuestos especiales.
Algo completamente razonable; el empresario para generar puestos de trabajo precarios y mal remunerados tiene que dejar de pagar impuestos, ¿y quién mejor que el trabajador -o el parado- que se acoge a esa precariedad para sufragar el invento?

Aboga la lideresa por una mejora de los mecanismos de cobertura por desempleo
Reconozco que con esto no sé a qué se puede referir, pero conociendo su negativa a complementar el subsidio de desempleo, en el ejercicio de sus atribuciones autonómicas -a instancias del Ministro de Trabajo-, o las reiteradas llamadas de su partido a la moderación del gasto público, supongo que querrá repartir paraguas y chubasqueros entre los parados.

Por último, concluye Aguirre sugiriéndonos mirar hacia los países de la UE que tienen un paro del 3 ó el 6%. A vuela pluma, diría que sólo Dinamarca y Holanda cumplen esos números; sólo Dinamarca, si nos quedamos con el 3%.
Dinamarca, ese país con una prestación del 90% del sueldo, con un tope de 2000 euros y un plazo de 4 años… sabrán mucho de paro, pero muy poco de despilfarro y sostenibilidad. ¡Ellos sí que podrían aprender de nuestro MAFO!

Anuncios

MAFO.

Desde hace meses me maravilla el intrusismo político en el que incurre Miguel Ángel Fernández Ordóñez, no bien tiene oportunidad, opacando un oficio bancario que empieza a despertar antipatías, cuando no abiertos -por más que subrepticios- rechazos.

Ordóñez, que hasta ahora nos había trasladado sugerencias estrictamente locales para paliar la actual crisis mundial, basadas en el adelgazamiento del estado de bienestar -supongo que en la creencia de que si se tiene menos, también habrá menos que echar en falta; ejercicio político lindero con el muy español muerto el perro, se acabó la rabia-, tales como rebajar la presión fiscal y las cotizaciones sociales a los empresarios*, o la despenalización del despido -repetida como un mantra hasta el hartazgo por las diferentes patronales y otros muchos y muy diversos conservadores, entre ellos el Partido Popular-.

Nos quieren presentar la liberalización del despido como condiciónsine qua non para la creación de empleo, y lo hacen sin acusar la menor antífrasis. 
Está visto que el abnegado y filantrópico empresario necesita de la protección y asistencia del Estado, frente a los inhumanos desafueros del vil proletariado. Sólo la más absoluta precarización laboral y la atomización de cualquier derecho o cobertura social del trabajador, generará el contexto necesario para que el buen empresario acepte recogerlo en su seno.
Para llegar a semejante contexto favorable necesitaremos conducir al proletariado hacia un gregarismo sin complejos ni ambiciones, dejándolo reducido a un estado de servidumbre para anular cualquier ánimo reivindicativo.

La última perla de este banquero inaudito es la sugerencia de elevar la edad de jubilación, al menos hasta los 67 años, para así garantizar la sostenibilidad de las pensiones. Advertencia que hizo, además, jalonada por una llamada a la moderación del gasto público; porque una cosa es asaltar el erario público para sostener el negocio bancario, a cuenta del déficit estatal, y otra muy distinta malbaratar ese déficit en el ciudadano.

Puede parecer irónico, pero entiendo perfectamente a Ordóñez. Para alguien con su trabajo, su nivel de vida, su más que seguro plan de pensiones multimillonario, con esa miríada de consejerías delegadas esperándole pacientemente a que cese en el Banco de España, tiene que parecer perfectamente comprensible el aumento de la edad de jubilación.
Se podría achacar una poco elegante comparación, por ejemplo con un albañil, que ocupe entre dos y tres horas para ir y venir de su puesto de trabajo -puesto de trabajo, como otros muchos, sujeto igualmente a movilidad y disponibilidad geográfica-, las condiciones de intemperie o penosidad del mismo, las muy habituales jornadas de 10 ó 12 horas, etc, etc.

Parece evidente que para Fernández Ordóñez, la solución para la sostenibilidad del sistema de pensiones pasa porque muchos trabajadores no lleguen a cobrarlas, o lo hagan el menor tiempo posible.
Así como por racanearles un puñado de euros a los jubilados, jugando a los polinomios con la contributividad; Ordóñez, en buena lid, pensará que a un jubilado igual le dará cobrar 800 ó 700 euros, estando en ambos casos cómodamente instalado en la miseria.

Como corolario de estas reflexiones, yo, siempre al servicio del neoliberalismo internacional, propongo un contrato coyuntural, como el que propuso la patronal contra la crisis: un contrato a perpetuidad que sustituya al indefinido, y del que sólo se libre el trabajador con la propia muerte.
La coyuntura duraría mientras los trabajadores mantengan la obstinada excentricidad de pretender que se les remunere satisfactoriamente el trabajo que realizan.

Rebaja de la presión fiscal que unida a la falacia neoliberal de la reducción de impuestos -reducción de los impuestos directos, e incremento de los indirectos, de las tasas, y de cualquier otra recaudación extraordinaria indiscriminada-, provocaría una pérdida paulatina de poder adquisitivo a la gran mayoría de la población, y dejaría al Estado en una situación de quiebra técnica, cercenando su autonomía para realizar cualquier política efectiva.

Trotskismo.

Terminé la anterior entrada de este blog echando en falta un partidotrotskista anticapitalista, a imagen de los que en Francia pueden recibir entre el 10 y 13% de los sufragios, en las próximas elecciones.
Pero en España, la izquierda y los partidos de inspiración marxista -alguno, como el PSOE, disociado después de años de excesos neoliberales-, aún no se han reconciliado con el trotskismo.
Todavía en 1977, cuando un resucitado POUM –partido obrero de unificación marxista– se presentó a las primeras elecciones tras la restauración democrática, el PCE achacaba las viejas acusaciones del aparato propagandístico del Komintern. Esto es, haber trabajado secretamente al servicio del fascismo en contra de los intereses republicanos.

Es cierto que hasta mediados de los años ochenta, previa desclasificación de secretos en la extinta URSS, no se tuvo plena consciencia de lo que sin embargo era vox populi: un agente soviético del KGB fue el encargado del secuestro, tortura y posterior asesinato de Andreu Nin, uno de los líderes del partido.

Quizá hoy día persistan sospechas similares dentro del PCE; no sería raro que en una guerra, entre semejante agitación ideológica y ante los espurios intereses que siempre han corrompido la veleidosa voluntad humana, hubiera gente en el POUM efectivamente a sueldo de los nacionales -lo que no es óbice para que el otro líder del POUM, Joaquín Maurín, marchara al exilio cuando salió de la cárcel, en 1946-, al igual que los habría en otras facciones del Frente Popular. Casos particulares.

Mirando la historia con la perspectiva del tiempo transcurrido, parece evidente lo certero de las denuncias del POUM, así como la clarividencia de sus argumentos y reivindicaciones -muchas de las cuales siguen teniendo plena vigencia, e incluso son más ambiciosas que nuestros planteamientos sociales actuales-. Tampoco es menos evidente la brutal represión que sufrieron tanto por los de un extremo, como por los del diametralmente opuesto.

Hoy pensaba en todo esto ante el nuevo plan de estímulo económico del G-20: otro billón de euros que sumar a los cuatro o cinco que ya hemos sacrificado en el altar del capitalismo salvaje, con tal de salvar nuestra endeudada precariedad, al costo de ser algo más pobres hoy y serlo mucho más el día de mañana, cuando estos barros nos traigan los lodos de una más que probable inflación -de magnitud imponderable-, el imparable ascenso de las oligarquías económicas resultantes de la concentración estratégica de recursos concomitante a esta crisis, etc, etc.
El omnímodo neoliberalismo parece de sobra capacitado para hurtarnos la oportunidad histórica de cambiar el rumbo, insolidario e insostenible, que ellos mismos impusieron al mundo.

España como siempre últimamente, martillo de herejes, se sitúa en la vanguardia neocon, con Miguel Ángel Fernández Ordóñez autoerigiéndoseen el cuarto poder del estado -poder emanado de sus santísimos cojones-, haciendo y deshaciendo según se le antoja con el único objetivo claro de imponer su particular agenda neoliberal. 
Curioso el oficio de este banquero, entre cuyas atribuciones están las de sugerir la despenalización del despido, o encarecer en un 300% las intervenciones económicas estatales…