Archivos Mensuales: marzo 2012

Huelga General

Pasada la huelga general hay quien ha manifestado la obsolescencia de la misma como vehículo de reivindicación obrera, o de cualquier tipo de reivindicación.

Supongo que habrá quien lo haga de buena fe, tratando de encontrar alternativas a la huelga para expresar el malestar del trabajador, o canalizar sus demandas. 
No dudo que también habrá quien sólo quiera travestir sus intereses en virtud de una agenda política nada espontánea. Estos son fáciles de identificar porque la obsolescencia, en su caso, es apriorística, y pareciera como si el propio obrero estuviera obsoleto; obsoleta la misma reivindicación.

Pero, independientemente de esto, hay un hecho cierto: las huelgas han ido perdiendo apoyo con el paso del tiempo. 
Uno de los motivos podría ser el deterioro y la precariedad actual. Los huelguistas de hace 30, o 40 años no tenían deudas tan desproporcionadas. Deudas cuyo servicio requiere buena parte del sueldo. A su vez, la deuda crea una sinergia endiablada con la precariedad, por lo que una mera ausencia laboral puede acabar abruptamente con la fantasmagoría pequeñoburguesa del lumpen, devolviéndolo a su estado natural de indigencia.
No hace falta proscribir el sindicalismo, ni que el empresario amenace al trabajador, cuando el mismo trabajador reprime cualquier atisbo reivindicativo. 
El círculo vicioso queda pues servido, y, andando el tiempo, las condiciones laborales del trabajador son más y más miserables. En algún momento la cuerda se habrá tensado tanto, el trabajador tendrá tan poco que perder -como su colega de hace 30, o 40 años-, que la protesta será inevitable.

Otra causa de la desmotivación podría ser el progresivo arrebatamiento de los sindicatos mayoritarios por parte de los sucesivos gobiernos. 
A esta causa habría que añadir toda la alienación y excusa culpable de quién la fomenta y usa, porque hay otros sindicatos, hay otro sindicalismo, y casi ninguno de los críticos con los dos grandes estarán afiliados a uno de estos -la versión sindical del “todos son iguales”-.

Ante este panorama, ¿qué nos queda por hacer?
Parece que el sistema, desde la contrarrevolución neconservadora de Thatcher y Reagan, nos cierra cualquier alternativa: hay que hacer lo que hay que hacer, o lo que dios manda, como diría un político de la consanguínea meritocracia funcionarial del Partido Popular.

Me podrán acusar de mesianismo iluminado, pero una posible alternativa que veo está en escapar a las reglas de dicho sistema. Salirse, marginarse, recuperar nuestro trabajo, nuestra creatividad, para explorar hasta donde podemos llegar, para tratar de realizarnos como individuos y como sociedad más allá del fetiche capitalista, de la avara e ineficaz acaparación de recursos.