Archivos Mensuales: abril 2013

Futbolismo o barbarie.

[El] deseo, secreción exquisita de todo espíritu sano, es lo primero que se agosta cuando la vida declina. Por eso faltan al anciano, y en su hueco vienen a alojarse las reminiscencias.

José Ortega y Gasset, España invertebrada.

Tras cinco años de crisis, tres años después del viraje dextrógiro de Zapatero, aquella ominosa noche de primavera —«the Lady is not for turning», pudo haber musitado con absurda sincronía una demenciada Thatcher, en su reclusión londinense–; el insaciable imperialismo germánico devastó las últimas esperanzas de este malhadado país, vapuleando a nuestros ufanos leviatanes balompédicos.

El fútbol constituía el último e hipertrófico vestigio de la fantasmagórica prosperidad que deparó la burbuja inmobiliaria. El único refugio tangible en el que podían cobijarse millones de españoles, desolados por la nostalgia de la avaricia y de esa fanfarronería de nuevo rico, que tan bien complementaba la inveterada imbecilidad supina que siempre hemos cultivado generosamente por estos lares —Soy español, ¿a qué quieres que te gane?–.

Porque el fútbol había quedado al margen de la ruina del país —y cuando digo fútbol me refiero evidentemente al Madrid y al Barça, el resto es contingente–, bendecido desde las canonjías VIP; favorecido en oscuros conciliábulos; fomentado con catedralicias deudas impagadas al Erario Público…

Permitiendo al vulgo desclasado —eso que se denomina classlessness en el dialecto abstruso del socialsaientist; y lumpemploretariado en el egregio lenguaje marxista– mitigar la pérdida de derechos con la concupiscencia pantagruélica de sus elites, y el espectáculo de las glorias deportivas que campeaban por España.

Finalizada también esta ficción, ¿qué nos queda a los españoles? ¿Luchar para recuperar el terreno perdido? ¡Eso sería de obreros! De eso en España ya no hay, somos todos clase media. Y, aparte, ¿luchar? La única lucha para la que estamos capacitados actualmente se sintetiza en proferir: ¡yo soy español, español, español! En un indeterminado punto entre la embriaguez y el coma etílico.

Miguel Hernández fue un gran poeta, pero no podía estar más equivocado:

[No] soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

La bóvida mansedumbre de las aficiones de clubes hubieran sido una revelación descorazonadora para Don Miguel.

Sólo nos quedan las reminiscencias, como dijo Ortega, y el fatalismo de Quevedo, consustancial al ser ibérico:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía          
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,             
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

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