Archivo del Autor: Arredro

Más Carmena

Vaya por delante que siempre me ha repateado el núcleo irradiador de Podemos. Todos por igual.
Que jamás he votado a Podemos, ni lo votaré, si no es como parte de una confluencia que reúna las distintas sensibilidades a la izquierda del mainstream político español.
No le tengo especial simpatía a Pablo Iglesias, ni a los pablistas; pero hablemos de Errejón y los errejonistas.

¿Cuál es su compromiso político?
Por supuesto, recorren los lugares comunes de la izquierda tradicional: defensa de los servicios públicos, lucha contra la corrupción y el fraude, etc, etc; pero cuando alcanzaron el poder institucional ese ímpetu transformador se diluyó casi completamente.
Pienso en dos promesas fundamentales de Ahora Madrid para llegar al Ayuntamiento: remunicipalizar servicios y acabar con los pelotazos inmobiliarios, con la vista puesta concretamente en el de Chamartín.
Carmena tardó apenas unos meses en abandonar cualquier pretensión de remunicipalizar nada. Al inicio de la legislatura el objetivo era el servicio municipal de limpieza, cuya concesión tenía ACS. La constructora prestaba un servicio deficitario, en buena parte por culpa de tener una plantilla insuficiente y precarizada. En la tensión resultante entre el bien común y Florentino Pérez ya sabemos lo que eligió la jueza.
Supongo que huelga cualquier comentario sobre el compromiso explícito de parar lo de Chamartín.

Tampoco habrá que abundar en la funesta actuación de la concejalía de Asuntos Sociales dirigida por Marta Higueras, con su barra libre de desahucios sin alternativa habitacional.
Y por concluir esta enumeración para nada pormenorizada, recordemos cuando Carmena se cargó a Sánchez Mato por atreverse a desafiar la lógica económica de Montoro.

Uno podría apelar a los límites de lo posible en lo institucional, la realpolitik, etc, etc, uno especialmente imbécil y acomodaticio. No seamos ese uno.

Más allá, ¿qué nos ofrece el errejonismo en lo simbólico? Sin entrar en el galimatías postmarxista patriótico de Laclau, ni muchísimo menos en su inextricable jerigonza.

Recuerdo a Bescansa, que hoy mismo ha apoyado la bufonada de Más Carmena, al afirmar que el aborto no genera potencialidad política de transformación. Y no lo dijo ociosamente en cualquier momento, sino cuando el PP pretendía endurecer a ley del aborto a costa de la libertad y la salud de todas las mujeres del estado. Esas mismas mujeres demostrarían a Bescansa lo equivocada que estaba, poniendo además el último clavo en el ataúd político de Gallardón.

Recuerdo la protesta de Rita Maestre por la existencia de una capilla en la universidad, y la humillación posterior, al pedir perdón a la clerigalla y aclarar que la misa le parecía fetén. Sé perfectamente que la disculpa pública es un gesto de cara a la galería, pero deduzco del comportamiento errejonista que la protesta inicial también lo era.
He aquí el quid la cuestión: el errejonismo sólo parece hacer malabarismos con hipótesis y cálculos electoralistas que no tienen más fundamento que sus propios apriorismos. Para ellos no hay compromisos o lealtades políticas, ni urgencias socioeconómicas, ni líneas rojas, todo se supedita a la teorización, al proceso: la máquina de guerra electoral (que saquen el juego de mesa para que todos podamos errejonear en casa).

Lo que me lleva a una última pregunta: si la acción política del errejonismo no ha conseguido transformar el discurso público, que está actualmente más a la derecha de lo que estaba antes de la irrupción de Podemos, ¿para qué ganar?

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Precaria Navidad

Este año he trabajado en nochebuena y el día de fin de año. En principio era sólo medio día; el 24 ya estaba duchándome a las 14:00, pero el 31 se complicó la cosa y aún estaba liado a las 16:00, sin haber comido.
Al terminar, un poco más tarde, fui a comprar una panada y me cruce con un empleado de supermercado que volvía al ídem con un carrito vacío. Me dio la impresión de ser mayor que yo –tengo casi 40 años– y pensé que en otras circunstancias me hubiera apenado que alguien así –alguien como yo– estuviera realizando el trabajo que en otro tiempo hacían aprendices de 16-18 años –alguien como nosotros hace 20 años–. Pero eran las 16:20 del 31 de diciembre, me estaba comiendo una panada por la calle con las manos medio sucias y aún tenía que conducir 60 km hasta casa.

Al cruzarnos, cuando sonreía sardónicamente pensando en mi absurda veleidad paternalista, nos miramos un segundo a los ojos; una mirada de absoluta camaradería, de compañeros de trinchera en primera línea del frente precario.
Mientras, en la retaguardia, la parte superior de la jerarquía de nuestras relaciones laborales disfrutaba de esas navidades de postal que se sostienen sobre una ingente cantidad de trabajo mal pagado –o aun robado, extorsionado, etc.– y peor valorado.
No hay que perder ni un segundo en teorizar las diferentes clases sociales –sus fricciones, su antagonismo–, saltan a la vista en cualquier ocioso paseo, especialmente en fechas tan señaladas.

Leí el otro día que los humanos somos extraordinariamente malos combinando relaciones causales dentro de un sistema, y que estamos mal equipados para afrontar los efectos agregados de las decisiones individuales de mucha gente. Concluía el párrafo aseverando que pensar en términos de cómo un sistema de relaciones causales entrelazadas producen un resultado emergente no se le ocurre naturalmente al lego en la materia.

Un verdadero galimatías, lo sé; las ciencias sociales desarrollan este lenguaje abstruso tratando de evadirse de los significantes que reproducen las características sociales vigentes, invocando para autoconvencerse la performatividad, otro palabro, del discurso político.
Pero en un raro momento de lucidez, durante ese breve y espontáneo sentimiento de camaradería con otro precario, me pareció ver flotando sobre nuestras cabezas esa complejísima maraña de relaciones tejidas por la plutocracia y engrasadas por sus falanges de estómagos agradecidos.
No hay término medio entre ellos y nosotros.

Una gran perdida para Madrid y para España.

Madrid, 29 de julio, 2023.

Hoy se ha confirmado el cierre definitivo de Chicken, bro!, la emblemática franquicia norteamericana especializada en caldo de pollo –nótese el audaz juego de palabras en la lengua de Shakespeare–.
Sita en la madrileña calle Matrimonio Aznar (antigua Golpista franquista), las gelificaciones, espumas, helados, y el largo etcétera de elaboraciones del caldo de pollo que despachaban, han acompañado a miles de madrileños durante los siete años y cuatro meses que ha permanecido abierta.

Eran famosas las microtertulias que se formaban espontáneamente en las vísperas de no laborable, muy entrada la noche ya, cuando jóvenes y no tan jóvenes abandonaban el jolgorio vociferante y etílico de los bares, y antes de volver a casa retomaban el decoro con un caldo vivificante.
Famoso también era el hábito de fotografiarse con el caldo y compartir las imágenes en las redes sociales, donde no pocas veces se precipitaban encendidos debates que incluso llegaban a ser trending topic.

Es innegable la estrechísima relación del mundo del arte y la cultura con el Chicken. ¿Cuántos aspirantes a DJ y community manager, venidos de la dehesa, podían comer caliente gracias a sus precios populares?

Su cierre es una pérdida para toda España, e incide en una nefasta corriente que afecta a nuestros más egregios núcleos poblacionales: la destrucción de su identidad sociocultural.
Parece increíble que el Ayuntamiento y el Ministerio de Cultura asistan impávidos a la enajenación de algo tan madrileño como el Chicken.

Madrid malbarata su historia y, ¿para qué? ¿El enésimo badulaque con chinoserías de grafeno?

Dos tripulantes en la cabina.

Buenos días, señores pasajeros, les habla el Comandante Jesús María Gallinejas, gracias por haber elegido volar con Motilla del Palancar Airways.
Acabamos de alcanzar nuestra altura de crucero de 30.000 pies, pie arriba, pie abajo. El tiempo estimado de llegada a Valencia del Ventoso es de 35 minutos, donde hace un espléndido día soleado y la temperatura es de 18°C.

Quiero informarles de que por su seguridad, en este vuelo siempre habrá dos tripulantes en la cabina; aunque el copiloto, el Capitán Edelmiro Ajofrín, vio ayer por la noche El Cazador, de Michael Cimino, y entre eso y la resaca de orujo, lleva un rato tonteando con una pistola del nueve largo que seguramente estará descargada. En fin, hay gente que tiene muy mal beber, yo estoy cansado de decírselo, «Edelmiro, que no sabes beber, no empieces con el orujo», pero no me hace ni caso.

Me despido recordándoles que visiten la Feria del Garbanzo, famosa en toda la comarca. Tengan un muy buen día.

Smart Two-Wheel Tractor.

En un giro completamente inesperado, Apple ha presentado hoy en Cupertino el Smart Two-Wheel Tractor® (motocultor), renovando su apuesta por reinterpretar objetos de la vida cotidiana, expandiendo sus capacidades para que se ajusten mejor a las expectativas de nuestra exigente sociedad de la información.

En plena efervescencia del DIY, el Smart Two-Wheel Tractor® sobresale como la mejor opción para el joven cosmopolita concienciado con la producción local y la reducción de su huella de carbón, para lo cual contarán con una amplia red de Apple Status-Signal Urban Orchards® accesible mediante una mensualidad acorde al estatus que se pretenda representar.

Los varios modelos del Smart Two-Wheel Tractor® van desde el más económico, con acabados de pana basta y fibra de vidrio; al modelo Premium, con acabados de piel de marta cibelina albina, aluminio y cristales de swarovski.
Estarán disponibles con dos modelos de procesador, de cuatro u ocho núcleos, y la radio de onda corta preinstalada.

Condeno la violencia.

En una manifestación heterogénea de cientos de miles de personas, todas y cada una son corresponsables de lo que digan/hagan/etc. todos y cada uno de los manifestantes.

En un cuerpo de seguridad estatal, homogéneo y fuertemente jerarquizado, nadie es responsable de sus actos, no digamos ya corresponsable de los de sus compañeros.

Ésta es la lógica tras la que se enroca el establishment desde el 22M para criminalizar la disidencia, preparando el terreno para endurecer una represión que ya está cómodamente instalada en el totalitarismo fascista.

Poponen prohibir manifestarse en determinadas zonas de las ciudades -un paso hacia su sueño húmedo de legislar el derecho a huelga; legislar, por supuesto, es un eufemismo-, se sugiere responsabilizar a los organizadores, se hacen torvas admoniciones y los más imbéciles, siempre a la vanguardia en este país, azuzan el uso de armas de fuego.

Recordemos: una fracción minúscula de manifestantes -quizá hablamos de una proporción 1:5000, con estimaciones conservadoras- provoca una reacción desproporcionada dirigida a restringir las libertades de todos nosotros.

Comparemos esto con los lacerantes abusos de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado: los asesinatos de Íñigo Cabacas, Juan Andrés Benítez, etc; las agresiones y lesiones (Esther Quintana, etc); las violaciones a internas de CIES; la larguísima lista de abusos y torturas a reclusos (Arkaitz Bellón, etc)…
La proporción de violentos en las FF.SS. del Estado debe de estar, como mínimo, un orden de magnitud por debajo de la de los manifestantes, y sus consecuencias son muchísimo más graves. ¿Dónde están las medidas para purgar la violencia policial y acabar con su impunidad?

Nótese también que rara vez comienza un disturbio sin previa provocación, a veces -¿muchas?- espoleada por infiltrados en una suerte de versión bufa de El hombre que fue Jueves…

Comparad esta alegría para repartir de nuestros antidisturbios con la de sus colegas británicos durante los riots de hace un par de años: allí hubo pillaje, incendios, etc, pero la policía evitó los enfrentamientos para no empeorar la situación.
Tottenham ardió durante tres días y ni así se aprobó el uso de pelotas de goma. ¡Pelotas de goma! Ni hablar de munición real como desquiciada e irresponsablemente se reclama aquí.

Los policías británicos distan de ser unos angelitos, supongo que la diferencia estriba en que allí tienen un mínimo de cultura democrática.

Por tanto, ¿quién es el violento? ¿Acaso no es lícito defenderse de una institución corrupta y del orden tiránico que protegen?

Ideas, no ideología.

«Ideas, no ideología».
Con este eslogan presentaba UPyD, en 2007, su propuesta «revolucionaria» a los españoles.

Este rechazo a la ideología –y a la crítica ideológica– la comparten otros partidos y movimientos sociales; unos la verán como un obstáculo en su intento de reenmarcar las incestuosas relaciones de poder de la oligarquía, o de cooptar el descontento antisistema con el efectivo discurso nacionalista y xenófobo; otros como una herramienta de la vieja política que se interpone en el camino del nuevo orden social, cuasiutópico y de una transversalidad fantasmática.

La apelación a las ideas –también a los valores y a la moral– intenta reformular el debate político dentro del marco conceptual de la democracia liberal capitalista, convertida en realidad objetiva incontrovertible. ¿Y qué es esto sino ideología?

En su acalorada discusión con Chomsky de este verano, Žižek dijo:

[T]his bias is ideology—a set of explicit and implicit, even unspoken, ethico-political and other positions, decision, choices, etc., which predetermine our perception of facts, what we tend to emphasize or to ignore, how we organize facts into a consistent whole of a narrative or a theory. And it is this bias which displays Chomsky’s ideology in selecting and ordering data, what he downplays and what he emphasizes (…)

La ideología es la herramienta con la que interpretamos la realidad, por tanto, la pretensión de su superación no es más que la sublimación del cambio de narrativa.

Este cambio de narrativa está siendo utilizado por la derecha tradicional para enrocar sus inveterados privilegios, su constante acumulación de poder y riqueza, tras conceptos de apariencia objetiva: meritocracia, tecnocracia, cultura del esfuerzo, etc, etc.
La escasa movilidad social –la propia existencia de clases sociales–, las innumerables injusticias, la opresión de millones de trabajadores, la desesperación de millones de desempleados, etc, etc, bajo esta nueva luz, es el justo resultado del valor y el esfuerzo individual.

Las ideas, como heurísticos, también nos hacen abrazar con entusiasmo políticas cuyo alcance u objetivos desconocemos; Žižek de nuevo:

[T]he same goes for liberal-capitalist violence, of course—I have written many pages on the falsity of humanitarian interventionism. One does not need to know the brutal reality that sustains such interventions, the cynical pursuit of economic and political interests obfuscated by humanitarian concerns, to discern the falsity of such interventionism—the inconsistencies, gaps and silences of its explicit text are tell-tale enough. (…)

[o]ne should analyze the depoliticized humanitarian politics of “Human Rights” as the ideology of military interventionism serving specific economico-political purposes. (…)

Sin ideología no veo posible una oposición coherente a los valores, la moral, ni la política hegemónica; es por ello que, en mi caso concreto, me siento totalmente ajeno a muchos movimientos alternativos.