Archivo de la categoría: Efemérides

Futbolismo o barbarie.

[El] deseo, secreción exquisita de todo espíritu sano, es lo primero que se agosta cuando la vida declina. Por eso faltan al anciano, y en su hueco vienen a alojarse las reminiscencias.

José Ortega y Gasset, España invertebrada.

Tras cinco años de crisis, tres años después del viraje dextrógiro de Zapatero, aquella ominosa noche de primavera —«the Lady is not for turning», pudo haber musitado con absurda sincronía una demenciada Thatcher, en su reclusión londinense–; el insaciable imperialismo germánico devastó las últimas esperanzas de este malhadado país, vapuleando a nuestros ufanos leviatanes balompédicos.

El fútbol constituía el último e hipertrófico vestigio de la fantasmagórica prosperidad que deparó la burbuja inmobiliaria. El único refugio tangible en el que podían cobijarse millones de españoles, desolados por la nostalgia de la avaricia y de esa fanfarronería de nuevo rico, que tan bien complementaba la inveterada imbecilidad supina que siempre hemos cultivado generosamente por estos lares —Soy español, ¿a qué quieres que te gane?–.

Porque el fútbol había quedado al margen de la ruina del país —y cuando digo fútbol me refiero evidentemente al Madrid y al Barça, el resto es contingente–, bendecido desde las canonjías VIP; favorecido en oscuros conciliábulos; fomentado con catedralicias deudas impagadas al Erario Público…

Permitiendo al vulgo desclasado —eso que se denomina classlessness en el dialecto abstruso del socialsaientist; y lumpemploretariado en el egregio lenguaje marxista– mitigar la pérdida de derechos con la concupiscencia pantagruélica de sus elites, y el espectáculo de las glorias deportivas que campeaban por España.

Finalizada también esta ficción, ¿qué nos queda a los españoles? ¿Luchar para recuperar el terreno perdido? ¡Eso sería de obreros! De eso en España ya no hay, somos todos clase media. Y, aparte, ¿luchar? La única lucha para la que estamos capacitados actualmente se sintetiza en proferir: ¡yo soy español, español, español! En un indeterminado punto entre la embriaguez y el coma etílico.

Miguel Hernández fue un gran poeta, pero no podía estar más equivocado:

[No] soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

La bóvida mansedumbre de las aficiones de clubes hubieran sido una revelación descorazonadora para Don Miguel.

Sólo nos quedan las reminiscencias, como dijo Ortega, y el fatalismo de Quevedo, consustancial al ser ibérico:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía          
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,             
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Anuncios

Habemus papam.

No se puede decir que no haya tenido cosas sobre las que escribir durante todo este tiempo. Aunque casi siempre pensaba en política, o similar, y me reprimía conscientemente por evitar volver más monotemática, todavía, ésta, mi querida zahúrda.

Bueno, joder, es que en todo este tiempo, se murió un Papa y eligieron otro… 
Tras el consiguiente e ineludiblemente soporífero despliegue mediático, sopesando el impacto publicitario que la retransmisión mundial del funeral del Papa viajero supondría para la iglesia católica –bien que uno, por aquellos entonces, pudo eludir la tediosísima programación, realizando todo tipo de actividades lúdico-festivas con una joven que casualmente pasaba por allí y que solícitamente se prestó como voluntaria; dicho lo cual, aprovecho para agradecerle públicamente la generosidad a esta buena samaritana…-, quedé ligeramente interesado en la figura del que sería nuevo Papa… y más que con el Papa en sí, que no deja de ser un cura, con el procedimiento de elección.

Visto ahora, el proceso de elección de Ratzinger como Benedictonoséqué cardinal se presenta grotesco. 
No sé, no he vivido otras elecciones papales –ni el tema me ha interesado realmente tanto como para leer sobre ello-, no sé si es normal montar toda esta patraña del conclave, de las fumatas y demás, para ornamentar superficialmente una decisión ya tomada vaya usted a saber en qué oscuras estancias vaticanas… y más que en conclaves, en conciliábulos o contubernios…

La Cadena SER, uno o dos días después de la elección de Ratzinger, usaba una foto para ilustrar una información sobre el nuevo Papa que era reveladora –foto, Cadena SER, ya, sé lo que estará pensando… ahora piense en la página web. ¿Mejor?-: Aparecía en primer plano Juan Pablo II totalmente abatido sobre un discurso, que a buen seguro sólo podría balbucear, la viva imagen de la enfermedad, de la renuncia. En segundo plano, detrás del Papa, se veía a un purpurado de mirada sibilina y escudriñadora.

Quizá Ratzinger, como parece vox populi, tomó el control del Vaticano hace mucho tiempo –aunque tampoco se puede olvidar que Juan Pablo II fue una persona, un Papa, profundamente conservador, en lo que coincidiría plenamente con el germano; y, al fin y al cabo, fue quien aupó al cardenal alemán hasta los distintos cargos que ejerció antes de ser nombrado Papa-; estaba claro que con el masivo nombramiento de cardenales de los últimos años, el Papa polaco, o quizá ya el propio Ratzinger, iba orquestando un escenario que luego han representado a la perfección… y sin ningún disimulo o pudor.

Entonces recordé una entrevista que realizó Iñaki Gabilondo a un misionero que llevaba 40 años en Brasil, y que, tiempo atrás, había llegado a ser obispo de Barcelona, o algo así. Era una entrevista interesantísima y desde luego, si hay alguna manera de pillarla, os recomiendo que la escuchéis. En un momento dado, Gabilondo le preguntaba si la Iglesia Católica debería ser democrática. El tipo respondía que no, que la iglesia no debía ser democrática, porque tenía que ser mejor que la democracia –entendida como la que se da realmente, no como el ideal filosófico-…

En fin, capítulo aparte merecen la teorías milenaristas que, huérfanas desde que en 2000 el mundo recelará de desaparecer –y de que en 2001, por aquello de la argucia matemática de que si no era siglo XXI hasta propiamente ese año, que si patatín que si patatán, volviera a tener la desfachatez de no consumirse en las llamas del averno- han aflorado entorno a la muerte del Papa…