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Una gran perdida para Madrid y para España.

Madrid, 29 de julio, 2023.

Hoy se ha confirmado el cierre definitivo de Chicken, bro!, la emblemática franquicia norteamericana especializada en caldo de pollo –nótese el audaz juego de palabras en la lengua de Shakespeare–.
Sita en la madrileña calle Matrimonio Aznar (antigua Golpista franquista), las gelificaciones, espumas, helados, y el largo etcétera de elaboraciones del caldo de pollo que despachaban, han acompañado a miles de madrileños durante los siete años y cuatro meses que ha permanecido abierta.

Eran famosas las microtertulias que se formaban espontáneamente en las vísperas de no laborable, muy entrada la noche ya, cuando jóvenes y no tan jóvenes abandonaban el jolgorio vociferante y etílico de los bares, y antes de volver a casa retomaban el decoro con un caldo vivificante.
Famoso también era el hábito de fotografiarse con el caldo y compartir las imágenes en las redes sociales, donde no pocas veces se precipitaban encendidos debates que incluso llegaban a ser trending topic.

Es innegable la estrechísima relación del mundo del arte y la cultura con el Chicken. ¿Cuántos aspirantes a DJ y community manager, venidos de la dehesa, podían comer caliente gracias a sus precios populares?

Su cierre es una pérdida para toda España, e incide en una nefasta corriente que afecta a nuestros más egregios núcleos poblacionales: la destrucción de su identidad sociocultural.
Parece increíble que el Ayuntamiento y el Ministerio de Cultura asistan impávidos a la enajenación de algo tan madrileño como el Chicken.

Madrid malbarata su historia y, ¿para qué? ¿El enésimo badulaque con chinoserías de grafeno?

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Dos tripulantes en la cabina.

Buenos días, señores pasajeros, les habla el Comandante Jesús María Gallinejas, gracias por haber elegido volar con Motilla del Palancar Airways.
Acabamos de alcanzar nuestra altura de crucero de 30.000 pies, pie arriba, pie abajo. El tiempo estimado de llegada a Valencia del Ventoso es de 35 minutos, donde hace un espléndido día soleado y la temperatura es de 18°C.

Quiero informarles de que por su seguridad, en este vuelo siempre habrá dos tripulantes en la cabina; aunque el copiloto, el Capitán Edelmiro Ajofrín, vio ayer por la noche El Cazador, de Michael Cimino, y entre eso y la resaca de orujo, lleva un rato tonteando con una pistola del nueve largo que seguramente estará descargada. En fin, hay gente que tiene muy mal beber, yo estoy cansado de decírselo, «Edelmiro, que no sabes beber, no empieces con el orujo», pero no me hace ni caso.

Me despido recordándoles que visiten la Feria del Garbanzo, famosa en toda la comarca. Tengan un muy buen día.

Smart Two-Wheel Tractor.

En un giro completamente inesperado, Apple ha presentado hoy en Cupertino el Smart Two-Wheel Tractor® (motocultor), renovando su apuesta por reinterpretar objetos de la vida cotidiana, expandiendo sus capacidades para que se ajusten mejor a las expectativas de nuestra exigente sociedad de la información.

En plena efervescencia del DIY, el Smart Two-Wheel Tractor® sobresale como la mejor opción para el joven cosmopolita concienciado con la producción local y la reducción de su huella de carbón, para lo cual contarán con una amplia red de Apple Status-Signal Urban Orchards® accesible mediante una mensualidad acorde al estatus que se pretenda representar.

Los varios modelos del Smart Two-Wheel Tractor® van desde el más económico, con acabados de pana basta y fibra de vidrio; al modelo Premium, con acabados de piel de marta cibelina albina, aluminio y cristales de swarovski.
Estarán disponibles con dos modelos de procesador, de cuatro u ocho núcleos, y la radio de onda corta preinstalada.

Proselitismo

–¿Tiene un minuto para hablar de nuestro señor y salvador, Jesucristo?

–No, lo siento, el último minuto para hablar de su señor Jesucristo se lo acabo de despachar a don Restituto, el diácono.

–Oh…

–Me sabe mal, de verdad; si quiere podemos hablar de la metodología agraria de las sovkhozy soviéticas.

–Preferiría que no, a mi padre lo mató Stalin.

–¡Vaya, maldita sea, qué mala pata la mía! Discúlpeme, por favor.

–Pierda cuidado, usted no podía saberlo.

–Así que su señor padre fue víctima de las purgas estalinistas.

–¡No, no! No me he explicado bien. Lo mató Stalin, un toro pardo, agalgado, de gran alzada y resabiado como el georgiano; pertenecía a una ganadería que colectivizaron durante la revolución de Asturias.
Mi señor padre era estucador, como Largo Caballero, pero el toreo era su pasión.

–Si le sirve de consuelo, murió haciendo lo que más le gustaba…

–¡Pues no, oiga, no me sirve! Fue esa irracional pulsión superyoica la que nos dejó huérfanos a mis siete hermanos y a mí. Está usted empezando a resultar muy desconsiderado.

–¡Perdón! Estoy absolutamente abochornado, ¡si hubiera un dios y fuera misericordioso permitiera que me tragara la tierra en este mismo instante!

–Pues parece que no hay tal dios, y si lo hay no es misericordioso, no sé qué es peor.

–Entre usted y yo, teniéndonos ya confianza, siempre me he maliciado que si había un dios necesariamente sería uno uránico, vesánico, tiránico, y no lo sigo adjetivando para no romper la aliteración.

–¿En qué lugar me deja esto que me cuenta como proselitista católico?

–Tampoco se coma mucho la cabeza; su dios de usted no siempre ha sido este dios acomodaticio y pequeñoburgués que se estila ahora.

–Tiene usted razón.

–Bueno, habríamos acabado antes si me hubiera hablado ese minuto sobre su salvador.

–Si quiere, otro día le cuento lo que hay que saber de él; como el hecho poco conocido de su mesiánica pericia con el buril, adquirida siendo aprendiz de su padrastro en la carpintería.

–Por supuesto, será un placer priapístico.

–Pero ahora llego tarde a la comida de la sociedad gastronómica otanista de Kaliningrado. Hasta más ver, amigo.

–¡Tekeli-li!

Pierre Menard, autor de El Quijote.

Pierre Menard se propuso reescribir El Quijote tan concienzudamente que su versión, inconclusa, terminó por no diferir ni una sola vírgula de la escrita por Miguel de Cervantes, si bien el subtexto y las referencias eran distintas. 
Me propongo a hacer algo parecido, un parecido lejano, con un sketch de los Venga Monjas: Infancia Prohibida.

Quiero reinterpretarlo en clave sociopolítica como la lucha entre la realización individual objetivista y el opresivo estado del bienestar socialdemócrata, que nos convierte a todos en parásitos improductivos.
La representación del individuo objetivista es, por supuesto, el impedido, y el objeto de su realización es cagarse en la mano. La madre es la socialdemocracia que lo acoge en su seno.

La lucha comienza con el desafío del objetivista al paternalismo del Estado anunciándole la consecución del éxito sin la intromisión, o colaboración de nadie. La respuesta del Estado socialdemócrata es contundente: primero apela a la noción platónica del Deber del ciudadano con la sociedad en la que ha nacido y crecido (“¡hijo mío!”), para acto seguido hacer uso del monopolio de la violencia, estableciendo el marco conceptual de la relación individuo-Estado. Finalmente, en un plano dialéctico le revela que eso es imposible: “no te llegan”. El Estado ha concebido una sociedad asistencial que se extiende como raíces entreveradas, por consiguiente, el éxito puramente individual no es posible en tanto que persiste dicho Estado.

La cosmogonía del objetivista se tambalea al reconocer algo que en realidad ha sabido siempre: “ha sido un señor”, confiesa. Su pueril ilusión de realización necesita de otro, un tiránico alienígena, que lo aboca a la categoría de parásito del esfuerzo ajeno. Unos y otros objetivistas necesitan del otro que otro parménido, el señor, el esforzado capitalista, para seguir manteniendo su ilusión emancipatoria.

Divergente.

Benigno corría calle abajo al límite de sus capacidades físicas, aunque dichas capacidades no iban mucho más allá de un trote patizambo sólo ligeramente veloz. Con cada aspiración abría ostentosamente las aletas de su rotunda nariz, paliando así el déficit de oxigenación en su riego sanguíneo.
Para Benigno aquello no habría sido más que una excusa fisiológica. Respiraba fuertemente para inundarse con el olor del momento, tratando de captar todos los matices y que alguno de ellos activara un resorte cerebral subconsciente, que le permitiera columbrar el sentido trascendental, o intuir la agitación cósmica, que a buen seguro acababa de provocar.

La gente a su alrededor reaccionaba entre atónita y horrorizada. Claro que presenciar la huída de un tipo desnudo empapado en sangre –y salpicado de algo viscoso- empuñando un cuchillo de grandes dimensiones, parece motivo suficiente al menos para la estupefacción.

-“¡El Bueno de Benigno Buendía! ¡Alma cándida! Pues parece que Benigno está muy bien dispuesto para la protervidad.”- Decía a gritos, hablando para sí, mientras corría.
Llegó a creer que el nombre había constreñido su desarrollo vital; ubicaba el punto de inflexión en el colegio, cuando en una representación navideña del nacimiento de Jesús quiso ser Herodes, a lo que la profesora replicó “con lo bueno y dulce que eres tú… nada, no se hable más, serás San José. Peribáñez será Herodes, que es hijo de comunista y va camino de terminar tan mal como su padre.”
Posteriormente no pudo eludir la sempiterna presunción de bondad emanada de semejante nombre. Recordó brevemente cuando intentó enrolarse en un grupo terrorista: el militante que captaba nuevos pistoleros le despachó arguyendo que no podía proponer a la cúpula un candidato llamado así, se jugaba el prestigio como proselitista y quizás incluso la vida.

Así que este día, como podría haber sido cualquier otro, Benigno amaneció completamente enloquecido, dispuesto a demostrar al mundo la equivocada concepción que tenía de él.
Salió de la ducha sin pararse a secarse o vestirse, cogió el cuchillo más grande y afilado de entre los que tenía en la cocina y enfiló la calle para acabar con el primer fulano que se le cruzara. El inicuo azar quiso que el primer fulano con el que se cruzó fuera un hombre que llevaba de la mano a unos trillizos, a dos de los cuales tapó los ojos ante la inopinada desnudez con la que se toparon, mientras ordenaba al otro que cerrara los ojos. Recorría el rostro del hombre un discreto mohín pudoroso, porque vio el pene flácido de Benigno antes que el cuchillo que blandía.
Fue incapaz de atacar a aquel padre de familia, cuyo recato le resultó un severo e indiscutible reproche.

Contempló como se alejaban con expresión bobalicona; unas gruesas lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas, finalmente tenía que aceptar que hacía honor a su nombre. Maldecía su pusilanimidad e impotencia cuando alguien rollizo y acalorado se apresuraba hacia él, enrojeciendo y acalorándose más por momentos.

-“¡Usted, botarate! ¿¡Pero es que este maldito país ha perdido cualquier asomo de decencia?! ¡Ácrata, nudista, le hablo a usted!”- Espetó a Benigno el sujeto bermejo- “¡No sabe quién soy yo…”-.

Intentó decir después, pero una primera puñalada ahogó su indignación.
Podría decirse que Benigno encontró su propósito casualmente. Quiso obliterar dicha accidentabilidad ensañándose irracionalmente con la víctima.
Tras unas primeras puñaladas que juzgó vulgares, evisceró al pobre desgraciado con una maniobra pretenciosa y falta de espontaneidad. Sopesó la posibilidad de decapitarlo o mutilarlo, pero tras un primer intento le pareció demasiado trabajoso.
También se planteó remedar canibalismo, llegando a masticar alguna víscera; pero recapacitó rápidamente dado el asco que le produjo, y lo primario e iletrado que lo consideró tras un primer análisis.

En ese debate interno estaba cuando los gritos de la gente alertaron a la policía, que se precipitó tras Benigno. 

Ceferino XXXI.

Suena música instrumental, rollo futurismo setentero, mientras una nave sospechosamente parecida al Enterprise cruza la pantalla, una voz en off dice:

-“Después de azarosos siglos de luchas y enfrentamientos fraticidas, después de toda una historia de barbarie, la raza humana por fin vive tiempos de paz, progreso y convivencia. Sin guerras, sin envidia ni rencor, el hombre ha podido dedicar todos sus esfuerzos a explorar la última frontera: El Universo…
Pero esta no es la historia de uno de esos hombres, esta es la historia de uno de los hombres que vigilan esa frontera.”

La cámara baja, perdiendo de vista al Enterprise, hasta encuadrar lo que vendría a ser un Guardia Civil del futuro con un traje de astronauta verde, encima de un asteroide con los brazos en jarra y pose a lo Bruce Campbell. Encima del casco de astronauta, el reglamentario tricornio destella reflejando la luz de las estrellas.
Mientras aparece el título, una nave espacial cruza la pantalla rápidamente por detrás del Guardia Civil, perturbando su pose beatífica: -“¡ALTO A LA GUARDIA CIVIL!”.- grita, mientras abandona precipitadamente el plano.

CEFERINO XXXI, aparece en el centro de la pantalla.
Fundido en negro.

Se va abriendo un plano sobre el negro, hasta aparecer en primerísimo plano un tricornio, la voz en off dice:

-“El Tricornio, impávido símbolo de la autoridad primigenia, atávico vestigio de una institución legendaria y milenaria: La Guardia Civil.
Desde su creación, en el lejano siglo XIX, en unos agitados Estados Unidos (Pero Independientes y Autónomos) de la Realidad Nacional Anteriormente Conocida como España, la Guardia Civil siempre se significó por un denodado esfuerzo para mantener la paz y lalegalidad vigente. Decenas de generaciones de agentes sacrificaron sus vidas, en nombre de Dios y la Patria –hasta las aboliciones de la religión y las naciones, respectivamente-, luchando contra el crimen, la sedición, etc, etc.”

El Tricornio da paso a un plano espacial, donde se va avanzando entre diversos cuerpos celestes. La voz en off, prosigue:

-“Como premio a una trayectoria consagrada al más escrupuloso cumplimiento de la ley, La Confederación Terráquea de Alineados y No, permitió a la Guardia Civil seguir desempeñando sus funciones libremente, con la misma jurisdicción con la que naciera 12 siglos atrás. Fue el único Cuerpo de Seguridad Nacional que no fue desmantelado, o asimilado por la nueva Policía Interplanetaria.”

El Plano se va a acercando a una nave de la Guardia Civil, que se encuentra detenida junto a otra de extraña forma circular. La voz en off continúa:

-“En la actualidad, miles de Guardias Civiles patrullan los confines de la Galaxia, manteniendo el orden y auxiliando el ciudadano.”

-“¡¡Se me apea de la nave, hostia santa!!”.- Espeta Ceferino.
-“Pero, no entiendo, ¿es otra inicua trampa de Zeus?”.- Pregunta desorientado el ciudadano.
-“¡uy, Zeus!”- Exclama Ceferino, tanteándose la porra láser- “¡Te voy a enseñar yo a tocarle los genitales a un Guardia Civil!”-.
-“¡¿Ocurre algo, Papá!?”- Inquiere un joven de rizada melena pajiza.
-“Tranquilo, Telémaco, saldremos de ésta”.

Hace un par se semanas volvimos en Metro a casa compartiendo un par de paradas con Álex; hablemos distraídamente de series de televisión españolas y en un momento dado, me percaté de que con la gran cantidad de ficción de producción nacional que soportamos, era raro que ninguna productora se hubiera lanzado a crear la primera serie de Ciencia Ficción española. 
Sopesando qué argumento podría venderse a una productora, para que ésta posteriormente pudiera venderlo a una cadena respetando su líneaeditorial y calidad habitual, bosquejé este post.

Ya iré ampliando el universo de esta España del siglo XXXI cuando me sienta con la apropiada disposición de ánimos.