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Condeno la violencia.

En una manifestación heterogénea de cientos de miles de personas, todas y cada una son corresponsables de lo que digan/hagan/etc. todos y cada uno de los manifestantes.

En un cuerpo de seguridad estatal, homogéneo y fuertemente jerarquizado, nadie es responsable de sus actos, no digamos ya corresponsable de los de sus compañeros.

Ésta es la lógica tras la que se enroca el establishment desde el 22M para criminalizar la disidencia, preparando el terreno para endurecer una represión que ya está cómodamente instalada en el totalitarismo fascista.

Poponen prohibir manifestarse en determinadas zonas de las ciudades -un paso hacia su sueño húmedo de legislar el derecho a huelga; legislar, por supuesto, es un eufemismo-, se sugiere responsabilizar a los organizadores, se hacen torvas admoniciones y los más imbéciles, siempre a la vanguardia en este país, azuzan el uso de armas de fuego.

Recordemos: una fracción minúscula de manifestantes -quizá hablamos de una proporción 1:5000, con estimaciones conservadoras- provoca una reacción desproporcionada dirigida a restringir las libertades de todos nosotros.

Comparemos esto con los lacerantes abusos de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado: los asesinatos de Íñigo Cabacas, Juan Andrés Benítez, etc; las agresiones y lesiones (Esther Quintana, etc); las violaciones a internas de CIES; la larguísima lista de abusos y torturas a reclusos (Arkaitz Bellón, etc)…
La proporción de violentos en las FF.SS. del Estado debe de estar, como mínimo, un orden de magnitud por debajo de la de los manifestantes, y sus consecuencias son muchísimo más graves. ¿Dónde están las medidas para purgar la violencia policial y acabar con su impunidad?

Nótese también que rara vez comienza un disturbio sin previa provocación, a veces -¿muchas?- espoleada por infiltrados en una suerte de versión bufa de El hombre que fue Jueves…

Comparad esta alegría para repartir de nuestros antidisturbios con la de sus colegas británicos durante los riots de hace un par de años: allí hubo pillaje, incendios, etc, pero la policía evitó los enfrentamientos para no empeorar la situación.
Tottenham ardió durante tres días y ni así se aprobó el uso de pelotas de goma. ¡Pelotas de goma! Ni hablar de munición real como desquiciada e irresponsablemente se reclama aquí.

Los policías británicos distan de ser unos angelitos, supongo que la diferencia estriba en que allí tienen un mínimo de cultura democrática.

Por tanto, ¿quién es el violento? ¿Acaso no es lícito defenderse de una institución corrupta y del orden tiránico que protegen?

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Ideas, no ideología.

«Ideas, no ideología».
Con este eslogan presentaba UPyD, en 2007, su propuesta «revolucionaria» a los españoles.

Este rechazo a la ideología –y a la crítica ideológica– la comparten otros partidos y movimientos sociales; unos la verán como un obstáculo en su intento de reenmarcar las incestuosas relaciones de poder de la oligarquía, o de cooptar el descontento antisistema con el efectivo discurso nacionalista y xenófobo; otros como una herramienta de la vieja política que se interpone en el camino del nuevo orden social, cuasiutópico y de una transversalidad fantasmática.

La apelación a las ideas –también a los valores y a la moral– intenta reformular el debate político dentro del marco conceptual de la democracia liberal capitalista, convertida en realidad objetiva incontrovertible. ¿Y qué es esto sino ideología?

En su acalorada discusión con Chomsky de este verano, Žižek dijo:

[T]his bias is ideology—a set of explicit and implicit, even unspoken, ethico-political and other positions, decision, choices, etc., which predetermine our perception of facts, what we tend to emphasize or to ignore, how we organize facts into a consistent whole of a narrative or a theory. And it is this bias which displays Chomsky’s ideology in selecting and ordering data, what he downplays and what he emphasizes (…)

La ideología es la herramienta con la que interpretamos la realidad, por tanto, la pretensión de su superación no es más que la sublimación del cambio de narrativa.

Este cambio de narrativa está siendo utilizado por la derecha tradicional para enrocar sus inveterados privilegios, su constante acumulación de poder y riqueza, tras conceptos de apariencia objetiva: meritocracia, tecnocracia, cultura del esfuerzo, etc, etc.
La escasa movilidad social –la propia existencia de clases sociales–, las innumerables injusticias, la opresión de millones de trabajadores, la desesperación de millones de desempleados, etc, etc, bajo esta nueva luz, es el justo resultado del valor y el esfuerzo individual.

Las ideas, como heurísticos, también nos hacen abrazar con entusiasmo políticas cuyo alcance u objetivos desconocemos; Žižek de nuevo:

[T]he same goes for liberal-capitalist violence, of course—I have written many pages on the falsity of humanitarian interventionism. One does not need to know the brutal reality that sustains such interventions, the cynical pursuit of economic and political interests obfuscated by humanitarian concerns, to discern the falsity of such interventionism—the inconsistencies, gaps and silences of its explicit text are tell-tale enough. (…)

[o]ne should analyze the depoliticized humanitarian politics of “Human Rights” as the ideology of military interventionism serving specific economico-political purposes. (…)

Sin ideología no veo posible una oposición coherente a los valores, la moral, ni la política hegemónica; es por ello que, en mi caso concreto, me siento totalmente ajeno a muchos movimientos alternativos.

La PAH es la oposición.

He leído hace poco «En defensa de la intolerancia», de Slavoj Žižek, y mientras lo hacía pergeñé un posible paralelismo español de lo expuesto por el esloveno.

Según la tesis del libro, el momento realmente político surge cuando los excluidos de un orden social preconstituido, o los que no aceptan la subordinación que les depara dicho orden, se rebelan y exigen ser reconocidos como interlocutores legítimos frente al poder; formar parte de la esfera pública en pie de igualdad con la oligarquía dominante, postulándose como portavoces de la sociedad en su conjunto:

[n]osotros, la ‘nada’ que no cuenta en el orden social, somos el pueblo y Todos juntos nos oponemos a aquellos que sólo defienden sus propios intereses y privilegios.

Las peticiones explícitas no son lo más importante, en definitiva, sino esa irrupción de la política real en el orden policial. Partiendo de su singularidad, los excluidos constituyen la verdadera universalidad desajustando el orden establecido, bien parapolítico: se acepta la confrontación política pero sólo entre actores autorizados en un sistema representativo, reprimiendo el acto político real; bien pospolítico posmoderno: directamente se excluye el acto político, cambiando el conflicto ideológico por la colaboración entre los tecnócratas ilustrados y los progresistas multiculturalistas. (Ambos casos tienen mucho en común con la posdemocracia de la que hablaron hace unas semanas Henry Farrell y Charlie Stross).

Volviendo a España, desde muy pronto creí ver en la PAH el potencial para aglutinar la oposición al sistema del modo descrito por el esloveno: la reivindicación singular de la plataforma no se limita a actuar en el contexto de las relaciones existentes, sino que trata de modificar el contexto que determina cómo funcionan las cosas, agitando la estructura jurídico-económica posdemocrática y subordinándola al diálogo social. La PAH trasciende su objetivo inicial repolitizando la economía, y se proyecta como esa universalidad de los excluidos.

Por eso es tan importante para el sistema criminalizar a la plataforma y censurar sus acciones, pretendiendo un regreso a la “normalidad” represivo-legal del orden policial. Y por eso es tan importante para nosotros apoyar y defender a la PAH, porque nos estaremos defendiendo a nosotros mismos.

Lo racional es ser un sinvergüenza.

Una de las máximas del objetivismo es que el mejor resultado posible para una sociedad pasa por maximizar la actuación individual de todos sus miembros. Dicha máxima encuentra cierta resonancia en diversas teorías económicas -sobre todo neoclásicas-, entreverándose con un tema central de la materia: los incentivos. Y se construye sobre la intuitividad de su enunciado, pero ¿qué pasa cuando el beneficio de uno perjudica a otro, u otros?

Esto se pregunta Chris Dillow en este artículo: Encouraging irrationality

A juzgar por las evidencias de la reciente crisis, de la creciente desigualdad social, del clima político actual, etc, parece prudente convenir que la maximización del individualismo, por más racional que sea, está provocando un daño brutal en el nivel de bienestar general. O dicho de otra forma, muchas conductas racionales individuales pueden generar una conducta irracional colectiva.

¿Por qué una empresa se tendría que someter a las leyes de la libre competencia si podria obtener un mayor beneficio manipulando las reglas del juego vía sobornos, espionaje, chantaje, etc? Respetar las leyes sería irracional; tanto más si a la oportunidad de hacerlo unimos la remota posibilidad de que sancionen su comportamiento.

¿Por qué los políticos deberían de ser honrados y perseguir la actividades propiciatorias de esa o cualquier otra corrupción? ¡Joder, mirad a Bárcenas! Es la prueba viviente de que lo racional es ser un sinvergüenza, y como en el caso de las empresas quedará impune, o sufrirá una mínima sanción de conveniencia para mantener las apariencias sociales.

El neoconservadurismo incluso ha elevado el egoísmo a la categoría de verdad mistagógica tras la que se oculta la razón de la evolución del ser humano, abstrayéndose de las evidencias antropológicas que apuntan hacia otros factores que también pudieron ser determinantes, como la cooperación -incluso desinteresada- dentro de grupos de homínidos, yéndonos al extremo opuesto.

El culto individual lleva camino de 40 años apoderándose del discurso económico, político, filosófico, literario, etc, ha sido un tiempo de retroceso en muchísimos aspectos, e incluso en aquellos en los que se ha avanzado a menudo han sido capitalizados por una minoría, redundando en un menor nivel de desarrollo del bienestar general.

Quizá sea hora de desterrar viejos fetiches y probar otra cosa.

La última extorsión.

How can there be a “better” strategy for a game where the two players’ positions are interchangeable? Press and Dyson plausibly envision a contest between an “evolutionary” player (whom we might define as a pragmatist/empiricist/crowd-sourcer who favors the strategies that work best in practice) and a super-clever player using Press-Dyson’s strategy. Press and Dyson describe an “extortionate” strategy that can, in effect, demand an unequal cut of the game’s points and get it. An evolutionary-pragmatic opponent would find that his own interests are best served by adopting counterstrategies that enforce the unequal division.

Should the exploited player realize what is happening, and should he be willing to hurt himself in order to punish the extortionate player (something ruled out in game theory but very common with human beings), then the iterated prisoner’s dilemma becomes an ultimatum game. That is, the exploited player is left to choose between gritting his teeth and accepting the unequal split—or punishing the exploiter and himself in the bargain.

On Interated prisoner’s dilemma contains strategies that dominate any evolutionary opponent.

On “iterated prisoner’s dilemma contains strategies that dominate any evolutionary opponent”

Hace tiempo que pienso en este artículo sobre la teoría de juegos y el dilema del prisionero. No voy a pretender que entienda esto más allá de un nivel superficial -si acaso-, pero al hilo de los post recientes sobre el estado de nuestra democracia, se reaviva una sensación que tuve la primera vez que lo leí: ¿y si la relación del ciudadano con el mainstream socioeconómico es precisamente la que se describe aquí? Un iterado dilema del prisionero donde el mainstream desarrolla esta estrategia de extorsión.

El ciudadano cree que lo ofrecido política, económica, sociológica e ideológicamente es lo más justo posible, y que, además, sólo puede optar entre eso o nada. Nada es decididamente el peor resultado posible, por lo que aceptar parece la opción más racional. La única forma que tiene el ciudadano de revertir el juego, y neutralizar la estrategia rival, es adoptar también la extorsión.

No veo otra traslación al mundo real de esta conclusión que un ruptura total con el marco teórico de la democracia burguesa/de grupos de presión. Y no sé si tratar de regenerar la situación desde dentro del sistema, desde dentro de sus instituciones, no es sino aceptar el resultado desigual de su juego en detrimento de los objetivos que se pretenden.

Quizá haya una solución menos drástica, pasa porque el mainstream pierda poder, el ejercicio de éste sea totalmente transparente, y pueda ser examinado/revocado en cualquier momento por la ciudadanía.

Postdemocracia

Charlie Stross escribió hace unos días un muy interesante artículo sobre el sistema político hegemónico en el mundo desarrollado, que Henry Farrell, posteriormente, definió como postdemocrático tomando el título del libro de Colin Crouch. Ambos artículos son recomendabilísimos y muy convincentes en sus argumentos, al menos en mi opinión.

Parece innegable la cooptación de los partidos mayoritarios por parte de una oligarquía indistinguible, si atendemos a su manera de hablar, vestir, vivir, etc, etc, como dice Stross. Los partidos políticos han devenido en sistemas estancos donde se castiga el inconformismo y la autocrítica. El gregarismo, el nepotismo, travestidos impúdicamente de meritocracia, son la herramienta más efectiva -y quizá la única- para labrarse una exitosa carrera política.

No contentos con ello, en España nos regocijamos en nuestro secular odio batueco hacia el intelectual y ni siquiera exigimos una pretendida formación a diputados, asesores, etc, etc. En Reino Unido seguro que cualquiera con responsabilidad gubernamental habrá zurrido algunas mierdas en Oxford, o Cambridge, como mínimo. Aquí el Presidente ha designado más de 60 asesores que no tienen ni el Graduado Escolar. Bien pensado, ¿Qué coño pretendemos? Demasiado bien nos va.

Pero el funcionamiento de los partidos no es el problema principal, en realidad; sólo se adaptan a las condiciones que imponen los diferentes grupos de presión -miren el post de un poco más abajo, Mercado Leninista-. Me encanta la imagen que esboza Crouch de la democracia como una parábola, en la que nosotros, actualmente, estaríamos en la parte descendente, habiendo dejado atrás hace mucho tiempo la cúspide.

En este retroceso democrático tiene mucho que ver el espacio que el sector privado ha alienado al Estado, aprovechando que la línea de división entre Gobiernos/políticos y empresas ha desaparecido prácticamente -las puertas giratorias están a la orden del día, por ejemplo-, para usurpar y explotar económicamente ámbitos que deberían ser estratégicos para cualquier país. Constriñendo, además, la capacidad de reacción, o la búsqueda de responsabilidades de dicho Gobierno. Lo que los neoconservadores yanquis, siempre tan gráficos, llaman starve the beast.

El debilitamiento democrático también viene, irónicamente, de que a las empresas, al contrario de lo que proponía Hayek, les va mejor manipulando las reglas del juego que permitiendo la libre competencia. Así se originan la pléyade de escándalos de corrupción que estamos viviendo estos días, con empresas ávidas por pagar comisiones en negro a la espera de ulteriores favores; y así también se favorecen las concentraciones oligopolísticas.

Es importante recuperar un papel fuerte para el Estado, lo suficiente para poder poner coto a las injusticias del sector privado. Lo suficiente para que ningún dogma pueda interferir en la igualdad de oportunidades y el libre desarrollo de sus ciudadanos. Este podría ser un inmediato primer paso para recuperar parte del terreno perdido. Pero para recuperarlo todo, incluso para extenderse más allá de la pasada cúspide democrática del actual sistema, necesitamos una ardua revolución cultural.

Corrupción.

Con la irrupción en el panorama nacional de los diversos casos de corrupción del Partido Popular, y el mucho menos significativo, pero reminiscente, caso de Amy Martin en la Fundación Ideas, una especie, no siempre desinteresada, ha obtenido mucha resonancia: el problema de la corrupción en España no se origina en la política, sino en la propia sociedad. El politico sería el más extremado exponente de una sociedad perversa, y por tanto, una suerte de víctima carente de voluntad. Es una interpretación muy conveniente para socializar la culpa, redirigiendo las acciones correctoras y/o punitivas hacia la sociedad.

La percepción se ve reforzada por nuestro sesgo cultural determinista, disfrazado de intuición, y se asienta fuertemente entre nuestras creencias tradicionales. El silogismo se completa necesariamente con una conclusión tétrica: cualquier esfuerzo contra los corruptos o los corruptores sería baladí.

Esta idea desprecia el cambio cultural que ya se está produciendo en una sociedad más responsable y consciente de sus derechos y deberes. Un avance semejante parece innegable, por más negativa que sea nuestra visión del país, si nos comparamos con la España reciente. Pero el cambio está encontrándose con la oposición de las instituciones y la elite que las gobiernan, porque lo ven como una amenaza al poder, y sus privilegios, que han detentado hasta ahora con mínimas intromisiones democráticas. Aquí se atisba una división entre dirigentes y dirigidos que debiera de cortocircuitar la intuición de que el corrupto tiene el mismo sustrato que cualquier otro ciudadano. La creciente desigualdad, la degradación de la Justicia, con sus distintos raseros dependiendo del origen socioeconómico del sujeto, el rampante nepotismo, sublimado falazmente en meritocracia, etc, son signos de esa fractura.

Curiosamente, la cooptación de las instituciones del Estado por la oligarquía dirigente no se postula abiertamente como origen de la corrupción, y como condición sine qua non de la desconfianza hacia esas instituciones.

A la inversa parece haber un claro indicio: Nobel laureate Elinor Ostrom emphasised that trust in the key institutions of the state, and their proper functioning, is crucial in facilitating collective action (Ostrom 1998). The courts and the police as the enforcers of rules in collective action have a crucial role to play in supporting trust in interactions between citizens and the state. Trust in state institutions and the rule of law has to be built up over time and needs to be sustained by repeated positive experiences. “Failed states” around the world witness how difficult it is to create well-functioning and well-respected institutions.
How the long-gone Habsburg Empire is still visible in Eastern Europeanbureaucracies today

Divertir hacia la sociedad la responsabilidad del Estado, de sus dirigentes, de generar la confianza en sus instituciones sólo es un sofisma para defender el statu quo.