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Precaria Navidad

Este año he trabajado en nochebuena y el día de fin de año. En principio era sólo medio día; el 24 ya estaba duchándome a las 14:00, pero el 31 se complicó la cosa y aún estaba liado a las 16:00, sin haber comido.
Al terminar, un poco más tarde, fui a comprar una panada y me cruce con un empleado de supermercado que volvía al ídem con un carrito vacío. Me dio la impresión de ser mayor que yo –tengo casi 40 años– y pensé que en otras circunstancias me hubiera apenado que alguien así –alguien como yo– estuviera realizando el trabajo que en otro tiempo hacían aprendices de 16-18 años –alguien como nosotros hace 20 años–. Pero eran las 16:20 del 31 de diciembre, me estaba comiendo una panada por la calle con las manos medio sucias y aún tenía que conducir 60 km hasta casa.

Al cruzarnos, cuando sonreía sardónicamente pensando en mi absurda veleidad paternalista, nos miramos un segundo a los ojos; una mirada de absoluta camaradería, de compañeros de trinchera en primera línea del frente precario.
Mientras, en la retaguardia, la parte superior de la jerarquía de nuestras relaciones laborales disfrutaba de esas navidades de postal que se sostienen sobre una ingente cantidad de trabajo mal pagado –o aun robado, extorsionado, etc.– y peor valorado.
No hay que perder ni un segundo en teorizar las diferentes clases sociales –sus fricciones, su antagonismo–, saltan a la vista en cualquier ocioso paseo, especialmente en fechas tan señaladas.

Leí el otro día que los humanos somos extraordinariamente malos combinando relaciones causales dentro de un sistema, y que estamos mal equipados para afrontar los efectos agregados de las decisiones individuales de mucha gente. Concluía el párrafo aseverando que pensar en términos de cómo un sistema de relaciones causales entrelazadas producen un resultado emergente no se le ocurre naturalmente al lego en la materia.

Un verdadero galimatías, lo sé; las ciencias sociales desarrollan este lenguaje abstruso tratando de evadirse de los significantes que reproducen las características sociales vigentes, invocando para autoconvencerse la performatividad, otro palabro, del discurso político.
Pero en un raro momento de lucidez, durante ese breve y espontáneo sentimiento de camaradería con otro precario, me pareció ver flotando sobre nuestras cabezas esa complejísima maraña de relaciones tejidas por la plutocracia y engrasadas por sus falanges de estómagos agradecidos.
No hay término medio entre ellos y nosotros.

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